viernes, 28 de diciembre de 2018

Primera parte Un viaje al Norte


Primera parte

Un viaje al Norte

Es muy difícil transmitir en palabras, emociones, sensaciones. Las cosas que llegan al corazón son intangibles e indescriptibles. Sin embargo, a la hora de transmitir, como este caso, lo vivido en un viaje en el que sobraron sensaciones y emociones, se puede llegar a alguna lejana aproximación.
Entonces cabe ir de lo más sentido, a lo más prosaico o ir de un lado a otro, según se vayan recordando sucesos. Subir a un avión y viajar para mi no es algo especialmente placentero, primero porque los lugares asignados para los que nos sentamos en la clase de menor precio no son los más cómodos, más bien son una prueba de lo que uno puede aguantar en un espacio mucho menor al que le deben haber asignado a Mandela en sus largos años de cárcel en Sudáfrica, con la ventaja que el tiempo de vuelo se mide en horas y no en años. Así y todo, déjenme decir que el viaje de ida fue más que incómodo.
Nos tocaron los asientos del medio, de la fila central, de modo que a mi derecha había un pasajero, a mi izquierda Olga y a su lado otro pasajero. El que estaba a mi derecha era un tipo enorme, que debe haber sufrido la estrechez mucho más que yo. Se me ocurrieron algunos pensamientos interesantes en ese período de encierro aéreo.
American, la compañía que nos transportó, hace algún tiempo promocionaba haber sacado asientos de sus aviones para mayor comodidad de sus pasajeros. Se me dio por pensar, que deben haberlos sacado de aviones viejos, para ponerlos en los más modernos, lástima que se olvidaron de su alarde. Tan estrecho es el espacio que te dan, que para tirarse un pedo hay que pedirle al de al lado que se pare, no es por el olor, sino para darle espacio al viento.
Bueno cuestión que luego de 10 horas de estrecheces llegamos a Dallas, primera escala. Se terminaron las estrecheces. Allí todo es inmenso. Caminamos varias cuadras hasta llegar a migraciones, completamos todos los trámites, por medios electrónicos, hasta llegar a un mostrador donde hay un tipo, con cara de pocos amigos, aunque con la amabilidad justa para preguntar a que carajo veníamos a Estados Unidos, donde mierda íbamos a estar y cuando pensábamos volvernos a nuestro país. Cuando las respuestas lo convencieron de que no éramos peligrosos, agarró un sello de goma de esos que se auto entintan y pum, pum. “Adelante, disfruten de su estadía”.
Después a la cinta a esperar por nuestras valijas, y pasar por la aduana, otro tanto de caminata y al fin completamos las formalidades, nos miraron pasar, pero no preguntaron nada, mientras yo rogaba que no nos revisaran las valijas donde llevábamos semillas de zapallitos de tronco y cuatro cajas de pastillas DRF la debilidad de mi cuñado y sin cuya portación no hay alojamiento.
Encontramos al fin un puesto de American y despachamos de nuevo las maletas para que lleguen en el segundo avión, que nos depositaría en Oakland en el área de la Bahía de San Francisco, nuestro destino final.
Ahora a buscar la terminal donde saldría nuestro próximo avión, pensábamos que se terminaban los trámites, pero no, para subir de nuevo, hay que pasar la seguridad. Pusimos el equipaje de mano en el escáner, a mi me saltó que debía pasar por un body scan, por un sistema aleatorio que encendió una luz roja, me tuve que sacar el cinturón, y todo lo que llevaba en el bolsillo, de modo que sosteniendo mis pantalones entré el recinto, y me instruyeron que debía elevar los brazos, con el peligro de que se baje el pantalón. Abrí un poco las piernas y la puta prenda no se cayó, como no tenía nada ni adentro ni afuera seguimos nuestro tour por el gigantesco aeropuerto.
Donde joraca está la terminal a la que tenemos que ir, preguntamos, nos dijeron que subamos a un tren que nos llevaría a la terminal correspondiente. Al fin luego de varias vueltas encontramos la estación y apareció un tren conducido por una computadora, se cerró la puerta tras nuestro, una voz nos dijo que nos agarremos y partimos, después de varias estaciones y maso diez minutos de viaje por dentro del bruto aeropuerto, llegamos a la terminal correcta, pero para llegar a la dársena todavía debimos caminar unos 8 minutos más ayudados por un negro que gentilmente nos acompañó hasta el lugar exacto.
Le dijimos muchas gracias usted ha sido muy amable, pero por carencia de billetes de dólar de pequeña denominación el muchacho se quedó sin propina. Pero bueno lo menciono aquí, espero que lo lea así se entera que estamos muy agradecidos y que si no le dimos propina fue porque no teníamos cambio.
Un café, nos recompuso un poco, nos sentamos en unos sillones cómodos a reflexionar, mientras esperábamos que pasen las tres horas que faltaban para que salga nuestro vuelo. Yo mientras tanto agarré mi celular lo encendí y quería mandar los mensajes whats app a nuestras hijas para decirles que el avión había llegado con nosotros dentro de é
l y con salud.
Después de putear en voz baja un rato logré hacer que tenga algo de vida, llamé a una operadora para que me ilustre sobre el puto roaming, después de darme instrucciones durante lo que pareció una eternidad, el whats app seguía inmune a mis esfuerzos para que ande.
Metí el aparato en el bolsillo después de mirarlo con bronca, y esperamos. Cada vez que había un movimiento en el lugar en que debíamos embarcar, cachaba los petates de mano y preguntaba si nos tocaba entrar. Pero bueno, en el horario que estaba anunciado llegó el aparato de mierda. Primero bajaron los que venían a Dallas, después por grupos nos fueron llamando, hasta que al fin entramos, el asiento estaba unos dos metros antes del timón de cola, pero era más cómodo que el anterior, de modo que las tres horas que nos separaban de Oakland se hicieron más llevaderas. Pudimos ver el Gran Cañón, allá abajo muy lejos pero su silueta es inconfundible.
Volvamos atrás. Mientras subíamos al avión, al pasar por la manga, mi teléfono de pronto cobró vida y empezó a hacer todos los ruidos de mails recibidos, mensaje de texto, facturas impagas, y las respuestas de los mensajes que le había mandado a mis hijas. Me di cuenta de que dentro del edificio no había señal de nada, joder y yo luchando con un teléfono tratando de entender a una operadora, a la que no le entendía su castellano caribeño.
Como dije antes el vuelo salió bueno, mejor que el anterior, que dicho sea de paso cuando sobrevolábamos el Caribe y el Golfo de México se movió como si esquivase misiles. De todas formas, a mí no me preocupó demasiado, fue el único momento en que pude dormir, como si el avión me estuviese acunando.
Pero vayamos para adelante, el cielo de Dallas estaba más que encapotado, así que cuando el avión, un Airbus 320 casi enseguida se metió en las nubes y tras muy pocos minutos encontró el sol que brillaba por encima. Nos desayunaron menos que nada, pero nos dieron algo como para que no nos quejemos.
Después de desear que el vuelo se termine de una vez, al fin el piloto desaceleró los motores y comenzamos el descenso para tocar la pista de Oakland. Bajamos, entramos al aeropuerto y a buscar el bag claim. Siguiendo una cantidad de carteles que indicaban que el lugar estaba más adelante y no llegábamos nunca, Olga protestaba que era muy lejos y los carteles que con su flechita nos hacían seguir adelante. Llegamos al fin y las valijas no aparecían y no aparecían. Después de media hora de estar casi desolados, se me ocurrió preguntar porque nuestras valijas no estaban a alguien que estaba allí.
¿En qué compañía vinieron?
American
Ah no. Este lugar es de South West. El lugar de ustedes está cerca, vengan.
Le seguimos nos sacó del edificio nos dijo, sigan hasta ese puente allí es. Llegamos y estaban en la cinta sólo nuestras valijas aburridas de esperarnos. Cuando ya me empezaba a preocupar porque Roy no estuviese allí para buscarnos, apareció una señora con un cartel que decía Felix y casi al instante corriendo con alegría, Deb, la señora de Roy, que aliviada al vernos nos dijo que creía que habíamos perdido el vuelo y estaba muy preocupada. La señora del cartel era una tía de Deb.
Cuestión es que los cuatro nos subimos a su auto, con valijas y con el alivio de que llegaríamos al fin a nuestro destino en casa de Norma y George.




jueves, 8 de febrero de 2018

La caída



Todo lo que quería hacer en mi infancia tenía sabor a peligro, por lo que a cada una de mis solicitudes para hacer determinadas cosas, recibía un no o en su defecto, mañana, otro día, más adelante, ahora no puedo…, en fin todo para sentirme frustrado por no conseguir la aprobación de los mayores para hacer cosas.
Calculo que sería el otoño de 1956, cuando se estaba cosechando girasol y la semilla debidamente embolsada se entregaba directamente en La Oleaginosa de Huanguelén. Las bolsas mucho más livianas que las del trigo, iban hasta mucha altura en el acoplado y terminaban en lo que se denominaba pila trilladora, es decir el remate de la carga se asemejaba a un  techo a dos aguas. ¡Qué tentador!
Precisamente por ello junto a Beto, mi gran amigo de la infancia comenzamos a hinchar que queríamos ir arriba del acoplado, tirado por el viejo Lanz, enancados en la cumbre en de la carga, para “ayudar” a descargar en la fábrica.
Esta vez la estrategia de los mayores fue distinta, se vistió de promesa. Nos dijeron que nos iban a llevar en el último viaje. Obviamente cada vez que pasaba el tractor y acoplado frente a casa, cargado con el girasol, nosotros invariablemente preguntábamos si ese era el último acarreo, ya que no queríamos que la promesa se convirtiese en una nueva frustración.
Un mediodía, nos anunciaron que ese era el último viaje y que podíamos ir.
Llegó mi hermano Vito al comando del tractor, paró en la calle frente a casa, bajó para almorzar y junto a Beto, ya almorzados, nos trepamos al acoplado. Yo subí primero y corrí por la cumbre de las bolsas, di un salto para sentarme sobre una de ellas y… se vino la noche.
Lo próximo que recuerdo es que mi padre sacaba el viejo Ford 40 del garaje, para llevarme al pueblo, cosa que yo no quería, porque pretendía ir con el tractor.
Que había pasado, apelando a mi memoria tiempo después me di cuenta que cuando me senté sobre la cumbre de la estiba, me deslicé sin poder asirme de nada, y caí por el costado del acoplado, desde unos 5 metros de altura hasta el duro piso de la calle.
Según me contaron, un maquinista del tío Martín Grenada, un muy buen hombre, que estaba tomando una copa en el almacén El Caburé, cuyas puertas estaban a 20 metros de las de mi casa, me vio caer, se vino hasta casa, me alzó en su brazos, le golpeó las puertas a mis padres y me entregó a mis viejos completamente inmóvil y desmayado.
Mi hermano Vito, con más conocimientos de primeros auxilios y con mucha más serenidad que el resto de la familia, ordenó que me acostaran en el piso y me tiró un poco de agua en la cara y de inmediato di señales de vida.
Hecho esto me cargaron al auto, para llevarme a Huanguelén, para que me atienda un médico, que sería obviamente el doctor Rosa. Aquí en el viaje a Huanguelén empecé a tomar conciencia de que estaba muy mal, vomité un par de veces en el auto mientras mi viejo hacía rugir el motor del Ford 8 para hacer que los 12 kilómetros que separan a Ombú de Huanguelén sean los más cortos posible.
Al fin cuando llegamos a Huanguelén yo me había dado cuenta que algo grave me había pasado, pero no me daba cuenta que era. Meses más tarde, pude sacudir las telarañas de mi memoria y recordar lo que he relatado.
Una vez en Huanguelén, el médico me recetó algunas cosas y si mal no recuerdo eso incluía un enema.
Tío Martín y tía Celia nos dieron cobijo en su casa, nos quedamos mi vieja y yo, por un día o dos, hasta que más o menos me recobré y volvimos a casa, donde terminé mi recuperación, con la recomendación de que por unos días no saliese al patio. Eso fue hasta que no aguanté más, tal vez unas 24 horas después comencé a ser normal otra vez, es decir, una verdadera calamidad inquieto y muy hincha bolas.
Si recuerdo, que la noche que me trajeron de nuevo a Ombú, llegó a visitarme Margarita Scilironi, la señora de Cacho, el dueño de El Caburé. Cuando me vio entretenido con un autito de juguete, se mostró muy feliz y contó que alguien del almacén al verme caer, dijo: “Se mató el pibe de Meiller”. Afortunadamente, al menos para mí,  su diagnóstico fue apresurado, pero el golpe fue brutal y el estado de inconciencia duró un lapso de tiempo más o menos importante.
Lo extraño, según mi madre, es que no tenía magullones en el cuerpo, apenas si un rayón sobre el costado de mi tórax, producto de alguna tropelía anterior, o tal vez raspado por las bolsas al caer.

Como verán sobreviví de lo contrario no estaría contando esta contingencia de mi infancia. Más adelante en el tiempo me enteré que una caída de ese tipo, por más que haya terminado de pie, produce el mismo efecto que un golpe de KO a un boxeador y por eso no tenía marcas.

Trabajar al sol


Trabajar al sol en verano no suele ser una de esas cosas más placenteras. En general si se trata de trabajar siempre buscamos lugares cerrados cuando hace mucho calor y si hay que hacerlo al aire libre en lugares con al menos un poco de sombra, pero esto no nos libera ni del calor ni de la exposición al sol.
La cuestión es que días pasados se me ocurrió una reforma, o mejor expresado hacer una mejora a mi horno de barro. Antes de esta mejora las asaderas las colocaba sobre pilas de ladrillos que tienen varias contraindicaciones, la principal de ellas, que son inestables y que se pueden desmoronar y provocar un accidente poco deseable, a la hora de retirar de su interior lo que se cocina dentro.
Entonces idee un catre de hierro, sobre patas de modo que sea sólido, seguro y además no es un elemento que absorba calor del mismo modo que los ladrillos. Así que manos a la obra.
El sol y los más de 35 grados pegaban duro, pero encontré el hierro que buscaba en un marco que nunca se usó, corté el metal, le di la forma deseada. Y sólo me restaba soldarlas, pero como no tengo la máquina para ese menester, le lleve los hierros a un herrero que terminó de ensamblar las partes.
Pero lo que realmente quiero hacer notar de esto, que es una labor de poco fuste, es la alegría y la felicidad con la que trabajé. Ocurre que los estímulos del sol, los ruidos de la sierra y de la amoladora me remontaron inconscientemente a mi infancia adolescencia, cuando trabajaba junto a mi padre en su herrería.
El viejo no era herrero, era agricultor, pero la mayoría de los arreglos de la maquinaria se hacía en casa. Había una herrería de construcción muy precaria de una chapas rojas de un material a base de petróleo supongo, que no atajaban ni el frío ni el calor, pero que contenía a todo lo necesario, para que la mayoría de las reparaciones se pudieran hacer en casa, salvo algunas que necesitaban de herramientas específicas que en allí no había.
Como energía eléctrica no había, las herramientas como taladros y amoladoras de banco eran movidas por un motor de explosión, que por medio de un sistema de poleas y correas proporcionaba la fuerza de trabajo necesaria a cada elemento en particular.
Además de ello había un gasógeno para soldadura de autógena, fraguas, amoladoras manuales, morsas, bigornias, taladros de pecho, e infinidad de martillos, punzones, cortafierros, llaves de medida y graduables, inglesas y francesas… en fin una herrería que nada tenía que envidiar a aquellas que se podían encontrar en pueblos y ciudades en ese entonces.
Nosotros, digo por los niños que rondábamos la casa, ayudábamos a los mayores, haciendo girar la manivela de la fragua, o llevando cosas de un lado al otro, o sosteniendo hierros al rojo con las pinzas respectivas para que mi padre les diera la forma deseada, entre otras tareas menores.
Eso generalmente con mucho calor, porque las actividades de la cosecha, las más intensas del año, corresponden al verano. A pesar de que muchas veces nos echaban a las patadas del lugar, la mayoría de las veces aceptaban nuestros buenos oficios aunque en ocasiones molestábamos más de lo que ayudábamos.
Entonces el calor de estos días y ese pequeño trabajo en el patio de mi casa, me llevaron sin quererlo a aquella etapa tan feliz de la niñez y a aquel lugar, donde casi siempre había movimiento y actividad. La transpiración, la temperatura, el mojarme la cabeza para refrescarme, son todas cosas que hice en este trabajo y que hacia entonces.
Cuando no había nadie trabajando en la herrería los chicos nos entreteníamos haciendo alguna tontería con las herramientas, la preferida utilizar a la bien afilada trancha (un corta fierro con mango) como si fuese un hacha. Lo que sucedía era que la herramienta se mellaba y el hierro que intentábamos cortar, tan campante.
Cuando llegaban los adultos capitaneados por mi viejo a laburar, y necesitaban la trancha, ardía Troya, porque había que restarle tiempo al trabajo principal para calentar, afilar y templar la herramienta en cuestión.
Tiempo feliz el de mi niñez…    


Dos incendios



Entre las cosas que me tocó vivir recuerdo dos incendios, uno cuando era adolescente y otro ya en la edad madura. El de la adolescencia me tuvo como causal y como bombero para extinguirlo, aunque debo aclarar que la causa fue accidental y no en alguna idea piromaníaca.
Corría un otoño de los años sesenta, en casa estaban todas las herramientas para sembrar y cosechar. Entre estas últimas, una máquina cosechadora automotriz Massey Harris 726 de 12 pies de corte de fabricación inglesa, cuyo motor estaba casi a ras del piso, colocado allí por quienes diseñaron el implemento, para que tuviera un centro gravitacional bajo y equilibrado. Pero lo que no tuvieron en cuenta, que justo encima del motor había una boca de registro, que estaba tapada con una lona, para no permitir que de allí volasen los deshechos secos de la cosecha y tomasen contacto con el motor, con lo que significa paja seca sobre una fuente muy grande de calor.
La cuestión es que esa lonita cada tanto, por el uso se desgastaba y se rompía y el motor recibía una lluvia de elementos secos, como la maquina se revisaba todos los días, la lona era reemplazada ni bien presentaba deterioros. Hasta que por fin encontraron un cuero tratado químicamente del tapizado de los autos, que era resistente al calor y a los avatares de la máquina y solucionó de forma casi permanente ese inconveniente.
Eso sin embargo no impidió que el motor siguiese estando en una zona muy vulnerable, por lo que fue necesario colocarle encima una chapa, para impedir que el constante volar de materia vegetal seca no cayese directamente sobre las partes el metal caliente.
Ese otoño, mi viejo me ordenó ser el maquinista junto a un contratista de Huanguelén, Octavio Tesei, para que cosechásemos unas 50 hectáreas de girasol, ubicadas en uno de los potreros más alejados de la casa.
Las plantas de girasol seco, tiene sobre sus tallos una suerte de cobertura muy fina y que se desprende muy fácilmente, vuela y se enciende con facilidad si se le acerca una fuente ígnea, por lo que tanto a Octavio como a mí, nos preocupaba, que por donde hubiese un fierro un poco más caliente que el resto, esta granza, por llamarle de algún modo, se encendía.
Para evitar esto, optamos por salir a cosechar lo más temprano posible por la mañana y luego de media tarde hasta la noche, pero eso no impedía que la granza se hiciera cenizas tanto sobre el motor, como sobre cualquier otra superficie que estuviese expuesta al sol.
Cuando deteníamos la marcha de la cosechadora, debíamos controlar que sobre la superficie del rastrojo, no hubiese algún foco de incendio. Todo dio resultado hasta que se conjugaron una serie de imprevistos que nos superó.
A media tarde de ese día llegó hasta la máquina el empleado mensual de casa, Alberto Pérez en un carro tirado por un caballo con la vianda para la merienda, galleta y mate cocido. Detuvimos la máquina, nos bajamos, nos pusimos a la sombra de la cosechadora, nos tomamos un descanso de 10 o 15 minutos para beber la infusión y comer un poco de pan.
Terminado este pequeño recreo nos montamos de nuevo en la cosechadora, Alberto azuzó el caballo y se fue para casa, nosotros no alcanzamos a dar una vuelta de la melga, cuando debimos parar de nuevo, porque se nos pinchó uno de los pequeños neumáticos de la parte trasera de la máquina. Eso impidió que pudiésemos controlar si algo había quedado encendido, al dar la vuelta o al menos otear desde la altura de la herramienta.
Cuestión que mientras desarmábamos la rueda, pronto vimos una columna de humo bastante importante. Con Octavio salimos corriendo hacia el incendio munidos de un par de bolsas mojadas y comenzamos a los latigazos a tratar de contener el fuego, cerca de lograrlo, vino una ráfaga de viento y lo avivó. Por lo que Tesei corrió hacia la máquina, colocó la llanta sin la cubierta y puso la máquina a resguardo.
Mientras tanto desde casa vieron el fuego y mandaron a Alberto de regreso hasta el lugar donde estábamos, con dos medios tambores, que llenó de agua al llegar al molino que provee de agua a ese sector y con bolsas que colocó dentro  para que al agua no se derrame, sin saber que nos servirían para apagar el fuego, llegó hasta donde estábamos nosotros. El viento había dejado de soplar las llamas se habían achicado mucho, por lo que los tres a bolsazos en una hora más o menos terminamos con el incendio.
Hoy a la distancia no dejo de sentirme orgulloso por haber combatido eficazmente el incendio y también reflexiono acerca del peligro a que estuvimos expuestos.
A pesar de lo dramático de la situación, cuando llegaba Alberto con la ayuda que tanto necesitábamos, no pudimos dejar de reírnos al ver el caballo a galope tendido, arrastrando el carro a los saltos por el medio del campo.

El segundo incendio de esta recordación, ocurrió mucho más acá en el tiempo, en los años ochenta. Tal como ocurría cada vez que un grupo de amigos programábamos una excursión de pesca a la bahía Blanca. Nos levantábamos muy temprano y partíamos con destino a Arroyo Pareja en la vecindad de Punta Alta, donde en el viejo puerto abandonado del lugar, tomábamos una lancha de importantes dimensiones, que nos llevaba hasta pequeños canales, llenos de peces hambrientos que sucumbían ante nuestros anzuelos, y luego nos servían para comer pescado en nuestras casas durante varios días y en formas muy variadas.
Llegamos a Arroyo Pareja, poco después atracó la lancha Islas Noel y cuando estábamos por abordarla, el patrón de la misma, indicó que el motor no estaba sonando bien, por lo que iría a buscar a su apostadero a la Skipper 4, mucho más moderna y eficiente.
Nos quedamos por ello alrededor de una hora esperando que llegue la nueva embarcación. Apurados subimos nuestros bártulos cuando al fin atracó la Skipper de modo de perder la menor cantidad de tiempo posible, que poco después zarpó rauda.
Pero cuando estábamos en el medio de la ría, la lancha se paró y podíamos sentir un raro olor, al tiempo que veíamos surgir de las entrañas de la embarcación, finos hilos de humo, además en partes la cubierta estaba muy caliente. El patrón echó el ancla y uno de nuestros compañeros, Hugo Massi,  que había tenido experiencia en un incendio de un material similar al que recubría nuestro transporte marítimo, dio la vos de alerta, “Esto se está quemando”. El patrón discutía que no, por lo que nuestro compañero debió convencerlo desesperado de tomar una acción al respecto.
Abrieron la escotilla del compartimento de los motores y de allí salía humo, por lo que de inmediato Hugo, quien había dado la voz de alarma, se metió allí y pidió desesperado que le alcancemos baldes con agua. Tras hacer un pasamano unos diez o 20 baldazos más tarde el fuego había sido controlado.
Casi todos respiramos tranquilos por haber superado la contingencia, pero allí estábamos en el medio de la bahía. Sin energía y sin potencia. Había si suficiente electricidad como para hablar por radio con la base de la lancha y pedir el auxilio, que llegó después de una larga espera, ya cerca del mediodía.
Algunos, los que estábamos más tranquilos, mientras esperábamos el auxilio, decidimos que era muy buen momento para pescar y eso hicimos. Comprobamos que había una fuerte correntada y que era necesario como medio kilo de plomada para hundir el anzuelo hasta el fondo, unos cuatro cinco metros debajo de la lancha.
Uno de nuestros compañeros, al que nunca le sobró mucho valor  para navegar y que a pesar de ellos siempre nos acompañó, se asustó mucho. Viéndolo así todos bromeaban con él. Alguno le dijo, “no te aflijas que a medida que se hunda el barco, el fuego se irá apagando”.
Mientras este muchacho estaba cada vez más asustado, los que optamos por pescar tuvimos mucha suerte, el que más la tuvo fui yo que saqué una corvina inmensa, me costó horrores izarla a la embarcación.
Cuando al fin llegó el auxilio, debimos levar el ancla a pulso, trasbordamos a la Islas Noel, que remolcó el Skipper hasta una boya donde la amarraron. Volvimos a la orilla para que quien había hecho el auxilio vuelva su trabajo en la base naval. También bajó nuestro compañero híper asustado que abandonó la pesca.
El Islas Noel volvió a poner proa Bahía adentro, mientras preparaban el almuerzo y en vez de tener un día completo de pesca, solo pescamos por la tarde, pero al fin un final feliz para una accidentada excursión. Nos enteramos más tarde que el incendio fue provocado por un grueso cable de una de las baterías que toco contra un hierro desnudo y provocó un cortocircuito.
Por suerte para nosotros, pudimos evitar lo que pudo haber sido una catástrofe, porque Hugo Massi había tenido experiencia con un incendio similar al que se había desatado en el Skipper IV.


La magia de Huanguelén


La magia de Huanguelén, ¡ay Susana* en que lío me has metido! Pero si era una época mágica, vivíamos en un Huanguelén con ilusiones, las nuestras y la de nuestro pueblo y digo nuestro pueblo ya que, si bien nunca viví allí, todo lo que hacía tenía que ver con Huanguelén.
Te cuento Susana que hice mi tercer año de secundario en el Colegio Nacional que en realidad tenía un nombre mucho más largo, pero menos contundente. Estaba entonces en el Prado Español y bueno, vos tal vez un poco más chica no fuiste compañera mía, pero si estuve junto a Miguel Duarte, Darío Villar, Roberto Barbero, Hugo Fernández, y Jaquecito Sondón, como representantes masculinos mientras que las chicas eran las mellizas Cabral, Amelia Scilironi, Alicia Calvo, Cristina Chervero, Susana Mariani, Imelda Fuhr, Teresita Larrañaga, Guillerma Rohlman, Beatriz Wild, Zulma Alonso y una chica más cuyo nombre hoy se me escapa. Pero éramos 18 en total seis chicos y el doble de chicas.
Por varias razones tras ese primer contacto directo con mi gente me fui para volver cinco años más tarde, ya con 21 años. La mayoría de mis compañeros de secundario habían partido con otros rumbos, de modo que hubo que rehacer el grupo de amigos y allí comienza tal vez, uno de los períodos más felices de mi soltera juventud.
A pesar de la magia y de lo mucho que nos gustaba meternos todos los sábados en Zuluk, la joda siempre estaba lejos, en Guaminí, en Coronel Suárez, en Arboledas, en los bailes de campo, de La Nevada, de Louge, de la Ventura y obviamente el más importante de todos para mí, el de Ombú.
La idea de todo ello era salir, bailar hasta la madrugada y después volver a nuestras casas a eso de las 5 o 6 de la Matina. Casi la hora en que hoy comienzan los chicos a ir al boliche. La previa era con mate y gaseosas en casa de alguno, con varios mazos de cartas y más cantidad de parejas, para jugar a la Canasta.
También íbamos al cine, los jueves y los findes y si bien el Ideal era más que ideal para ver buen cine, las pelis muchas veces dejaban que desear en cuanto a la calidad de las cintas, se cortaban, hacían ruidos raros y otras cuestiones que te sacaban de la historia muchas veces. También nos divertíamos de oír al operador, cuando anunciaba las películas diciendo con voz aflautada “Para el prósimo sábado y domingo…” En ocasiones los más cara rota, agarrábamos la escalera para hacerle compañía a Lissarrague y veíamos las películas desde la sala de proyección, eso sí, teníamos ese privilegio, pero la entrada la pagábamos religiosamente.
Voy a quedar mal, pero del grupo formábamos parte la “Tata” Barrero, vos Susana, Carmen y la Negra Mariani, tu prima Griselda, Isabel Benito, Analía D’Aleo, Yoli Schmidt, Teresa Coronel, Olga Wilwert, Chupiski Hernández, Arturito Hernández, Fiti Morgado, el Gallego Fernández, Mary Sterz, en fin, éramos muchos, algunos no se juntaban con otros y otros no se juntaban con algunos, pero todos más o menos le apuntábamos a lo mismo. A esta lista le faltan infinidad de nombres, pero son los que me vienen a la memoria.
Los fines de semana eran para reunirnos en alguna casa, dar vueltas al pedo con el auto, ir al partido de fútbol el domingo en que Atlético jugaba de local, o en verano tal vez ponernos el traje de baño, subir a un auto e irnos a Cochicó. ¡Dios mío que aventureros!
También estaba la pileta del Aero, algún partido de fútbol mixto, o entre nos, pero la cuestión era pasarlo lo mejor posible. Total, todos de alguna forma éramos buenos hijos y nos peleábamos con nuestros padres, sin romper demasiado los protocolos.
También estaban los festejos del 27 de setiembre y el día del estudiante, dos bailes muy cercanos uno de otro, donde elegíamos, la reina del estudiante y la reina de Huanguelén. La reina del estudiante la elegían sus compañeros de estudio, pero la del pueblo la elegíamos nosotros los varones, bah ustedes las mujeres, el papelito que nos daban al pagar la entrada, se lo dábamos a ustedes, se juntaban todas a deliberar y nos traían los papeles con los nombres de la reina y sus princesas, después lo depositábamos en una urna y una chica, la elegida por ustedes, por una noche sentía la magia de estar coronada.
O sea, las reinas eran nuestro designio, todas eran postulantes, no había chicas que desfilasen en trajes de baño, no había un jurado de ignotos, todas iban vestidas con sus mejores galas, pero propias y cuando eran elegidas, eran las más bellas, pero no por tener cuerpos preciosos y medidas perfectas, lo eran porque nosotros considerábamos la belleza en su integridad, ustedes en sus deliberaciones y nosotros aceptábamos sus criterios.
También se armaban romances, se formaban y deformaban parejas, Había quienes tenían una novia o novio fijo y había quienes ora iban con uno y mas luego con otro, pero siempre con la alegría de nuestra despreocupada juventud. Siempre había un asado un cumple o una ocasión cualquiera para estar juntos y hablar de naderías o de cosas trascendentes.  No había elecciones, estaban los militares y si bien todos teníamos nuestras ideas al respecto, vivíamos en ese mundo lleno de ilusiones, de planes de proyectos, de ganas de vivir.
Llegó el tiempo de que las parejas se fueron asentando, los casamientos nos separaron y las carreras universitarias de algunos también alejaron a otros, pero nos dedicamos a nuestras parejas, nuestras profesiones a nuestros hijos, a ser adultos, pero esos pocos años de magia, amistad y juventud, siempre perduran en nosotros.

*Susana Menchi, quien me animó para que escriba esto. Pasó mucho tiempo, a veces las cosas se olvidan, pero la hay que quedan en nosotros y que afloran, con pequeños estímulos

Fasulo






Nunca pude saber las razones por las cuales un vendedor ambulante entró en la sociedad semicerrada de Saint Alban’s College de Lomas de Zamora, cole al que me habían mandado mis viejos para tener un aprendizaje de excelencia. Pero el hecho es que un día entró vendiendo Laponia Helados con un triciclo blanco, con un cajón cuadrado inmenso dentro del cual había cantidad de hielo seco y los palitos y bombones helados que golosos todos queríamos consumir.
El hombre tenía un nombre y apellido, pero para nosotros casi desde el mismo día que pisó por primera vez el terreno del cole, fue Fasulo y en verdad aguantarse el sobrenombre, nuestras continuas impertinencias pidiendo fiado y nuestras más “astutos” ardides para hacernos de un helado gratis, debió haber sido una persona más que paciente y bondadosa.
Es cierto que entrar al cole le permitió tener una clientela de más de 500 tipos dispuestos a gastar unos pocos centavos en un helado diario. Pero ese amor a primera vista de nosotros hacia él y de él hacia nosotros resultó más que simbiótico, porque al fin nosotros nos hicimos hinchas de Fasulo y Fasulo hincha de todo lo que fuera St. Alban’s y Old Philomathian, el club de rugby de los ex alumnos del colegio.
Al principio vendía sus helados cerca de la puerta de entrada para envidia y enojo de sus colegas vendedores ambulantes, que eran echados sin miramientos cuando intentaban vender “in school premises” (dentro de los límites del colegio) y por ello más de un incidente le costó al retirarse con su carrito pedaleando, pero al fin, todos entendieron que Fasulo había entrado para quedarse y que sólo él estaba bendecido por las autoridades.
Tanto que con el tiempo no se quedaba en la entrada, iba hasta detrás de la cancha de paleta lejos del portal de ingreso, donde seguía vendiendo sus helados en verano y alternando con los cubanitos en invierno. Además, cualquier acontecimiento que hubiese en Rojondí tenía a Fasulo y su carrito de espectador, hincha y comerciante.
Iba a Rojondí para los sports, para los partidos de rugby intercolegiales, para los partidos de los OP’s y es decir para lo que hubiese. También le era permitido ingresar a la sede de Club Los Andes en ocasión de las competencias de natación.
Al fin Fasulo se convirtió en nuestro hincha, y además en sus días de bonanza, nos fiaba algo, que claro casi nunca le pagábamos. Un recurso muy utilizado para sacar ventaja era utilizarlo como tenedor de un plazo fijo. Es decir, le adelantábamos el dinero para comprar un helado diario por espacio de una semana, por ejemplo, pero claro comíamos más de un helado diario y al cabo de la semana y el crédito se terminaba mucho antes de los siete días, pero dos o tres helados le sacábamos de ventaja.
En 1960 Old Philomathian’s tuvo su primer ascenso a primera división de la Unión Argentina de Rugby y si bien había jugadores muy buenos, como el recordado John con su eterno cabezal y su compañero apertura Jimmy Cappanera, deportivamente no fue nada bien, tanto que al final de la temporada OPC había descendido.
Pero en uno de esos partidos vino de visita Pucará que estaba prendido entre los de arriba y Fasulo no creía que los OP’s íban a ganar, por lo que muchos le apostaron un helado, es decir si ganaba Pucará, que era lo más lógico, había que pagarle y no comer nada, pero si ganábamos se le venía la hecatombe y se vino la hecatombe ganó Blues and Gold (Azules y dorado los colores de la camiseta) y los que estábamos cerca alcanzamos a cobrar nuestra apuesta, pero Fasulo salió pedaleando a gran velocidad y si bien pagó muchas apuestas, algunos se quedaron con las ganas.

No se que habrá sido de la vida de Fasulo, un hombre bueno como el que más, muy laburador. No se si tenía familia, no se si vive aún, ya que de estar con nosotros debiera estar superando los noventa. Pero que gran tipo, medio pelado, algo cascarrabias a veces, pero un hincha de SAC y de OP Club. 

lunes, 29 de mayo de 2017

Lo complicado y lo no tanto, de estudiar a los 68


Lo puedo decir ahora con casi todos los parciales aprobados, puedo reflexionar sobre cuatro meses en los que me he re escolarizado, o lo que es lo mismo y mucho más sencillo de escribir, entender y explicar ¡He vuelto a la Escuela!
Al pensar un poco hacia atrás llego al año pasado en que volví a Pigüé, al colegio La Salle donde culminé mi secundario de esto hace ya 50 años, precisamente para recordar ese hito de mi vida. 
Ese viaje, el papel con el título de bachiller que hacía rato había perdido de vista. Una visita al Colegio Nacional de aquí, bah a la Unidad Académica Julio César Lovecchio por vaya a saber que encargo. Me enteré de que se reabría el curso del profesorado de historia. Lo antedicho  completó el combo y me pregunté: ¿por qué no estudiar?
Mis hijas están grandes, estoy jubilado, lo que me sobra es tiempo, mis facultades mentales están con sus alteraciones de todas la vida, pero lúcido. El comentario en casa de lo que me había surgido debajo del pelo… la luz verde de Olguita. Así que próximo paso preguntar que necesitaba.
Obvio lo primero es el título, o para ponerlo en palabras inventadas por el tecnicismo burocrático oficial, el certificado analítico del secundario. Primer gran problema, pensé, pero de fácil solución, supe.
Hubo que hacer una denuncia de su pérdida en el Registro Civil, obviamente me dieron unos papeles timbrados de pinta muy importante. ¿Qué es esto? Pregunté. Tenés que ir a María Ale a pagar y volvé que te doy la denuncia. ¿Por qué no lo puedo pagar acá? Por qué se trataría de manejar dinero y necesitaríamos personal de seguridad. Ah… pero… pero no podrían poner un post net y se paga con una tarjeta y para eso no hay que pagar ninguna seguridad; argumenté. El empleado que ya había echado plumas para encocorarse con su respuesta, se desinfló como un globo y se le terminaron los argumentos. Pero claro, poner una idea inteligente a un burócrata, es como insultarlo y este me miró con odio. Pero haberle tirado una idea anti burocrática y que dejó al desnudo su argumento sólido como como una roca que comenzó a rodar cuesta abajo, me llenó de satisfacción
Pero bueno pagué, volví me dieron el papel, subí en el mismo edificio al Consejo Escolar, para que manden la denuncia a Pigüé para que los del cole tramiten un nuevo certificado. Fabián Palma el Inspector Jefe Regional que es de Pigüé, se ofreció a llevarlo en sus manos a la casa de la secretaria del colegio. Me advirtieron que el trámite llevaría al menos seis meses. Curado de espanto ya por la lentitud de los trámites administrativos, en cualquier administración gubernamental  argentina. Me dispuse a esperar resignadamente el tiempo que fuere menester.
¡Oh sorpresa! apenas dos semanas más tarde me llaman desde el cole para decirme que el certificado estaba a mi disposición. Obviamente había que viajar a buscarlo para que firme una planilla. Así lo hice.
Cuando me dieron el papel me enteré que no había estudiado materias, que eran áreas  curriculares. Que ganas de complicar denominaciones sencillas con una palabra kilométrica, pero esto parece una constante, ya se verá más adelante.
Bueno título en mano, fotos entregadas, y en fin todo el orden solo había que esperar unos meses a que comience el ciclo escolar correspondiente a este año 2016.
Los maestros habían arreglado sus sueldos antes de empezar las clases, todo parecía que iba a ser normal, pero… siempre hay inconvenientes. Los porteros estaban de huelga, así que el curso introductorio, para aquellos que empezábamos a cursar el terciario, que debía durar dos semanas, duró apenas tres días. Mal comienzo.

Pero mal comienzo sin duda fue mi encuentro con profesores, con el aula, con esto de que hay que recordar que hay que hacer para la próxima clase. Tanto que empecé a dudar de lo razonable de mi decisión de retornar a las aulas, perdón;  a re escolarizarme.

Cuando Dios manda hasta el diablo obedece


Dicen que cuando Dios manda hasta el diablo obedece. Cuentan que el diablo volaba por los pastos en el medio de la nada y se estrelló con una iglesia.  Pero la historia relata que don Manuel López Lecube se tropezó con una vizcachera y se salvó de ser maloneado.
El sol del verano pega duro en el mediodía de enero. Las cintas de asfalto parecen infinitas, interminables, apenas si nosotros recorremos el camino de un domingo cualquiera. Puan, Azopardo, Bordenave, 17 de Agosto, Felipe Sola, quedan atrás y por delante un camino de tierra que bordea las vías del ferrocarril, pero sólo pájaros y pastos son la compañía de nuestro solitario viaje, en la búsqueda del lugar preciso.
Parece mentira en el medio del campo transitamos por un camino adoquinado y allí en la punta de ese camino, se yergue orgullosa la iglesia de dimensiones monumentales. Apenas un puñado pequeño de casas y las típicas construcciones de una estación de ferrocarril, señalan que este lugar es López Lecube, pero el gran templo hace toda la diferencia.
Paramos lejos, miramos la construcción, es más grande aún, cuanto más es la nada que la rodea. Allá lejos se recortan en azul las estribaciones de Ventana, pero acá al alcance de la mano, está la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.
¿Cuáles serían los designios del diablo, al volar por estos pastos? Todo es imaginación, acá está esta iglesia que en 1913 se terminó de construir, por orden de don Manuel que de esa forma cumplió su promesa de devoción, en el preciso lugar donde la vizcachera, el pastizal y su fortuna lo salvaron de la lanceada que era su destino seguro, si el malón lo encontraba.
Son las cuatro de la tarde, no se ve a nadie, sólo nosotros tenemos a la iglesia en nuestros ojos, una puerta inmensa marca su entrada, arriba en su nicho la Virgen de mármol nos mira azorada. Un cartel informa a quien hay que ver en una casa blanca a la entrada del pueblo para que nos muestre el templo desde adentro.
Optamos por respetar la siesta y recorrer el exterior cuidando de que los tábanos que custodian el lugar, nos dejen nuestra piel en paz. Al fondo la casa parroquial, a la derecha una especie de galería de trepadoras enmarca un lugar en el que tal vez se hayan reunido los habitantes del caserío, llamados por el cura que seguramente alguna vez tuvo.
Después de un rato de errar por el lugar decidimos que estaba mejor subirse al auto, poner el aire acondicionado, programar el GPS para que nos lleve a Tornquist y a Sierra de la Ventana, pero el aparato después de hacernos andar trece kilómetros, nos hace girar a la izquierda, y nos quiere mandar de nuevo a López Lecube. Uno se pregunta para qué, no era más fácil decirlo de movida. Debe haber sido la mano del diablo que se quería divertir con nosotros.
Allá están las sierras, las vemos lejos, pero para allá vamos, GPS quédate con tus designios nosotros vamos para allá. Llegamos a una T en el camino, sobre un esquinero del alambrado hay un pequeño cartel con una borrosa flechita que apunta a la derecha y que dice Ruta 3. Obviamente es la 33, al cartel le borraron uno de los dos tres. Me bajo, lo miro de cerca, no sea que es una ilusión óptica, no lo es. La segunda chapa del cartel, perpendicular a la que vemos, marca hacia atrás y dice López Lecube, No queremos volver, seguimos remontando un camino arenoso y bien arreglado. No puedo menos que maravillarme del asunto, si pienso que la Municipalidad de Puan, está a muy lejos, que tiene un distrito inmenso, pero que arregla caminos-
“No trajimos ni siquiera una mísera botella de agua”, me protesta Inés, haciéndose cargo de que no previmos nada, sólo las ganas de ir a conocer el lugar. Pero estoicos nos agusntamos la sed, el d “el desierto” no es tan inmenso Seguimos el camino señalado, el camino gira a la izquierda y por delante aparece un monte, que termina en la calle. “Mirá hay una mujer afuera, bajemos y preguntemos”, pide Inés. Detenemos la marcha, la mujer nos mira con desconfianza, un bebé corretea a su alrededor. Preguntamos si íbamos bien. El camino era el correcto, las sierras delante 

lunes, 11 de marzo de 2013

Un aparato sencillo

Hacer cosas que parecen misteriosas y que de pronto dejan de serlo tanto y de tanto ir e ir, fracasar y fracasar, cuando al fin se sortea la dificultad, uno se mira las manos y no puede menos que exclamar, ¡que pelotudo!..., esto era tan sencillo y yo no lo sabía hacer.
A pesar de no haber nacido con los botoncitos en las manos, me las arreglo bastante bien, como parecen nacer los chicos hoy, que antes de saber leer y escribir apenas tienen en su poder estos artefactos con los cuales hay que convivir, los dominan como si los hubiesen diseñado ellos.
Hace unos días por esos avatares del destino el televisor LCD que aun tengo, de pronto se puso negro y si bien se podía escuchar, las imágenes dejaron de existir.
Cabe explicar que hace ya un tiempo se me había metido entre ceja y ceja la idea de tener un aparato más nuevo. El momento de la inversión parecía distante, hasta que las circunstancias apuraron los tiempos.
De manera salí a averiguar precios por un moderno Smart TV,  que se puede conectar a la WWW para muchas cosas, entre ellas leer el diario, en vez de escuchar el bastardeo de la noticia que se hace en los noticieros, donde los tipos con el micrófono en la mano pierden horas enteras en repetir y repetir que el cadáver estaba muerto.
La cuestión es que después de algunas averiguaciones compré o mejor dicho me endeudé con un aparato nuevo. La primera dificultad fue lograr lo más sencillo, es decir ver televisión y ver en alta definición y con la mejor calidad disponible.
Para ello necesitaba conectar el aparato al decodificador de la televisión satelital con un cable HDMI. (No tengo la menor idea de lo que significa la sigla, pero puedo suponer que las dos primeras letras están por High Definition). El cable en cuestión no estaba provisto, por lo que hube de salir a buscar uno, que lo conseguí por la módica cifra de 65 pesos. ¿Pero che este es de oro?, pregunté.
Nunca creí que me podían tapar la boca de una forma tan contundente.
“Mirá lo que dice acá”. Me dijo el hombre detrás del mostrador al tiempo que me acercaba el estuche. Textualmente decía: “Contactos enchapados en oro”.
Con el cable en mano me vine a casa, luego de 10 minutos de pifiar los agujeritos donde hay que meter la joya recién comprada, pude al fin sentarme, sudando como un beduino. Se me empañaban los lentes a través de los cuales debía mirar los cartelitos del control remoto que por efecto de la humedad parecían manchas. La mayoría de ellos son símbolos, aunque encontré rápido el power, lo pulsé, en la pantalla empezaron a aparecer cartelitos y tras varios continuar, el aparato estaba listo para devolver imágenes, que sin embargo no aparecían.
Con uno de los tres manuales que vinieron con el artefacto, empecé a tratar de entender un poco lo que había que hacer, hasta que me aburrí y decidí tocar de oído, tan mal no me fue porque de pronto comenzamos a ver imágenes y vaya que imágenes, de altísima calidad.
Yo quería seguir aprendiendo, pero mi mujer quería ver su novela o no sé que cosa, por lo que debí resignarme a que muchas funciones quedarían en el misterio por un tiempo.
Un rato después retomé, le conecté el DVD, fracasé porque no se ven los CD en colores, pero bueno seguimos adelante.
Había que hacer que el control del directv se convirtiera en el único. Hubo que encontrar los viejos manuales, y leer varias veces las instrucciones, son sencillas pero… después de apretar los botoncitos mil veces el televisor se resistió estoicamente a dar señales de obediencia. Cuando al fin después de dos horas de intentar establecer el parámetro nada ocurría, capitulé.
Tomé el teléfono disqué un 0800 que me depositó ante una operadora de algún país sudamericanos que no es el nuestro y después de probar con varias claves distintas al fin el televisor se rindió de modo que con un solo control, ahora puedo prender y apagar el tele y subir o bajar el volumen.
Pero quedaba otro desafío, conectar el Smart TV a la red informática. Encontré la vía para ir a su configuración, le puse la clave del WI FI y nada. Volví a intentarlo otra vez nada y nada y nada…, Hasta que al fin después de escribir la clave del router que tiene una incontable cantidad de letras, infinitas veces, de pronto, comenzó a navegar.
Con el triunfo asegurado tuve tiempo de reflexionar y darme cuenta de lo tonto que soy, porque no me puede dar tanto trabajo algo tan fácil. Total el control remoto tiene unos 30 botoncitos, cada uno de los cuales es hábil para otras 30 operaciones. Todo muy sencillo, tan sencillo que un niño puede operarlo, pero yo no soy un niño, dejé de serlo hace mucho, de forma que la próxima vez quiero que me den un aparato que sea tan sencillo para que un viejo como yo lo pueda manejar.

martes, 22 de enero de 2013

Liquidaciones y bolsas



Caminaba delante de una vidriera y un cartel bastante grande, hecho con letras de papel decía “liquidación”, más abajo y en letras más chicas: “hasta 50% off”. O sea un tercio del cartel en inglés y el otro tercio en castellano y lo restante un número, un símbolo universal. No sé si es que estamos volviendo al castellano o nos estamos yendo definitivamente al inglés, porque si fuese en castellano debió decir: de descuento y si todo hubiese sido en inglés la primera palabra debió ser sale. O sea al 50% de la música nacional.
En fin llaman la atención estos carteles, porque hoy los sale, nada tienen que ver con las antiguas liquidaciones de otoño o de primavera en las cuales uno podía adquirir ropa, que de eso se trata, a mitad de su valor, o al menos a precios mucho más bajos que al principio de cada temporada.
Lo cierto que existían, entonces nuestros padres aprovechaban y compraban ropa en esas liquidaciones, el problema que debían usarse casi de inmediato, so pena de que al invierno o verano siguiente nos quedasen chicas las prendas y si eso ocurría, entonces el ahorro se convertía en un gasto inútil.
Pero claro usar ropa de invierno en verano y de verano en invierno tenía algunas contraindicaciones. O te morías de calor, o el frío te hacía ver las estrellas, pero bueno un detalle mínimo, la ropa era bien barata.
Había sin embargo una opción. Te compraban la ropa dos o tres números más grandes y te la ponían igual, porque al fin la ropa que tenías te quedaba chica, entonces ocurría un fenómeno bastante particular. Los hombros de una camisa por ejemplo, quedaban a la altura del codo, entonces en los puños las daban vuelta varias veces hasta que quedabas ensillado y listo para galopear.
Si tenías una camisa en esas condiciones el movimiento terminaba por desenroscar las mangas y uno acababa dando lástima, porque las manos no se veían y la camisa irremediablemente se iba poniendo vieja, de modo que cuando al fin el cuerpo le entraba perfecto al talle, la sayuela en cuestión estaba ajada y desde los codos hasta el hombro la tela tenía un color apagado y de los codos a los puños, estaban impecables. Nuestro aspecto era patético.
Lo mismo ocurría si el tema era un pantalón largo, uno terminaba usándolo como complemento para no ensuciar las suelas de los zapatos y casi antes de que sean nuevos, estaban remendados. Si la prenda era un saco, uno parecía metido en una carpa. Las solapas quedaban a la altura de la cintura y el cuello lo podías usar de capucha. ¡Verdaderamente lamentable¡
Pero hay otras cosas que han cambiado con el tiempo y sobre las cuales vale detenerse un poco. Por ejemplo cuando se iba a comprar mercadería a un almacén, el supermercado era una obra de ciencia ficción entonces. Tenías que llevar los envases. En casa eran bolsas de tela fabricados por mi mamá en su Singer o en bolsas de red que se compraban. Maldita la hora que se te ocurriese ir a un negocio si el correspondiente envase, el bolichero te miraba con cara asesina, buscaba una bolsa de papel marrón y metía las cosas allí, o tal vez si encontraba una bolsa vacía de cal o cemento, con bronca te encajaban compra en ese envase “aséptico” con la mejor cara de “yo no fui”.
Pero el sistema era muy bueno y mucho más ecológico que el plástico que te dan hoy en cualquier negocio.
Era muy sencillo el sistema, uno le daba la bolsa a quien te despachaba la mercadería la acomodaba, para que nada se rompa ni se vuelque. Había que acordarse, antes de hacer las compras, de cargarlas en el auto y calcular cuantas eran necesarias. Generalmente una para el pan, otra para la carne y dos a tres para el almacén y si lo que ibas a comprar era mucho o voluminoso, por allí una bolsa de arpillera bien lavada servía de maravillas.
En fin liquidaciones, bolsas, tiempos que se fueron tiempos que tal vez vuelvan. Tal vez con bolsas dejemos de ver cajeras con cara de aburridas que te meten todo en las de plástico y se enojan si no tenés cambio. Tienen la actitud de los colectiveros cuando te cobraban el pasaje con dinero, al menos ahora son menos caracúlicos que antes, pero esta epidemia de mal humor se ha trasladado a estas chicas de supermercado. En fin…  

viernes, 18 de enero de 2013

La casilla


Me crie entre las herramientas de mi padre un productor agrícola que además del trabajo específico de labranza, siembra y cosecha, le gustaba la mecánica y de allí que la mayoría de los arreglos y pequeñas modificaciones necesarias para adaptar las mismas a las necesidades particulares de cada cultivo se hacían en casa. De modo que una  herrería hacía las delicias de mis manos de niño, afecto a tomar martillos, tenazas pinzas, llaves y cuanto elemento hubiese para “arreglar” mis cosas, lo que generalmente desarreglaba los trabajos pacientes de mi padre y mi hermano.
Tanto fue mi amor a las herramientas que en cierta ocasión en un viaje a Buenos Aires, exigí que como regalo me compren una llave de tuercas fija, que le sirvió mucho mejor a mi padre que a mí, pero la llave era mía y por ende la llave de Felix.
Dos tractores, un acoplado, grande, un camión, dos carros, un arado de discos, varios cuerpos de rastras de dientes, un rolo desterronador, un  carro grande y dos más pequeños con llantas de hierro, sobrevivientes del trabajo con caballos, dos cosechadoras, una casilla y además de infinidad de herramientas de mano, eran los fierros con los que conviví en mi infancia.
 Mi padre trabajaba en sociedad con un tío y cuando se disolvió el vínculo hubo que reacomodar el parque de herramientas, ya que en la división, algunas fueron para mi viejo y otras para mi tío.
Una de las cosas que quedaron en manos del tío fue la casilla. Una especie de casa de chapas de ruedas petizas que eran enterradas, al llegar al lugar de trabajo y no tenía piso. El elemento en cuestión, era apenas un  refugio contra el viento, ya que en verano no se podía estar por el calor y en invierno se helaba hasta el aliento. Me detengo en este carruaje tal vez el más insignificante ya que una casilla que tuvo en mi niñez una importancia central.
Cuando se disolvió la sociedad mi viejo compró dos tractores, un Fahr de 30HP que mi hermano condujo desde Buenos Aires a Ombú, tras su compra y un Lanz comprado en Coronel Suárez al agente, la casa Zilio.
Mi amor por los fierros era tan grande que el día que llegó el Lanz a casa, llegó también mi primera bicicleta, pero embalado por el tractor, a la bicicleta casi ni la miré, para decepcionar a mi padre que se había ilusionado con mi alegría, pero mi atención estaba dirigida un 100% a la ruidosa y espectacular herramienta.
También compraron el chasis de lo que iba a ser la casilla modelo, ya que su estructura se iba a construir en casa. Tardó varios años en realizarse pero finalmente con mucho trabajo se fueron soldando los fierros, pegadas las chapas de afuera, le colocaron lana de vidrio entre la pared de chapa exterior y el interior de chapadur, se le hizo una división, para separar el dormitorio de la cocina, un tanque para agua corriente en fin, todo un progreso si se la compara con la otra vieja más un galponcito que otra cosa.
Me costó mucho insistirle a mi hermano Vito para que me enseñe a manejar el Fahr y fue ese el primer vehículo que manejé en mi vida y el hecho también se convertiría en un hito de infancia.
En la primavera de 1957, había que ir a sembrar un girasol en la estancia La Larga a unos 50 kilómetros de donde vivíamos. Dos días antes de llevar todo el campamento al lugar de la cosecha, cayeron en la cuenta que iba a faltar un chofer. Ya que el camión, el tractor grande y la camioneta (una estanciera) de la familia, ocupaban a todos los que estaban disponibles, por lo que… ¿Yo tengo que manejar el Fahr? tenía 10 años y un miedo visceral para cumplir la tarea. Ya que una cosa fue manejar en el patio y otra muy distinta un viaje de más de 50 kilómetros.
Mi padre y mi hermano se encargaron con paciencia de explicarme por qué tenía que ser yo y por qué el tractor más chico y que no había nadie, para hacer la tarea.
Insistieron y finalmente lograron convencerme. Argumentaron que no era peligroso, que había que ir muy despacio, que me iba a acompañar don Cosme Bauza, uno de los socios de mi viejo, mientras mi madre, una de mis hermanas (Yvonne) y Angela, una amiga de Yvonne (que luego se convertiría en la esposa de mi hermano) miraban serias, pero no contradecían a los hombres de la casa.
Cuestión es que una mañana temprano salió la caravana rumbo a su destino, el camión, el tractor Lanz y yo con  el Fahr, la casilla detrás y más atrás un acopladito marca Fama con combustible y algunas otras cosas necesarias para la siembra. Al pasar por Huanguelén don Cosme se subió al tractor y se completó la tripulación, el cocinero en la casilla Cosme y yo.
El camino, no tenía asfalto en ninguno de sus tramos, de modo, que a la lenta marcha del tractor, hubo que sumarle más lentitud, para no romper nada, encima el camino estaba muy abovedado porque había cuadrillas de vialidad trabajando con palas tiradas por caballos haciendo un terraplén, que impediría que en el futuro, el camino se convierta en un río, como sucedía cada vez que llovía.
Pasamos Otoño, sin novedad, hasta que don Cosme me advirtió que detrás nuestro había un vehículo que nos quería pasar. Por el ruido no entendí sus palabras por lo que me di vuelta para oír, mi movimiento giró levemente el volante y el tractor amagó a bajarse por la derecha del terraplén, corregí enseguida, pero la casilla se volcó, por el desnivel, con el cocinero que viajaba en ella.
Quiso la madre fortuna que nada se rompiese, que el hombre, previniendo el tema se apoyó contra uno de los costados y se acostó junto a la casilla. Para lamentar: hierros torcidos, un vidrio roto y nada más.
La gran pregunta ahora era: ¿Qué hacemos? El resto de la caravana se había adelantado y lejos estaban de sospechar el inconveniente que se nos había presentado.
Mientras daba vueltas desesperado sin atinar que hacer sólo con mis pensamientos, ya que Bauza y el cocinero eran mucho más legos que yo en la materia. Desesperado no me animaba a hacer nada. Hasta que pocos minutos después llegó un tractor que también iba hacia un trabajo y el tractorista, un hombre grande y la gente que se fue agolpando, resolvieron el tema, engancharon la casilla del chasis, tiraron para ponerla sobre las cuatro ruedas con el tractor y me instruyeron para que ni bien quede parada, mueva mi Fahr hasta nivelarla y que no se vuelque de nuevo. Así se hizo y tras hacer ataduras de emergencia para enganchar casilla y acoplado, continuamos viaje.
Don Cosme decidió que su actuación sobre el tractor había sido muy pobre, por lo que hizo el resto del viaje en la casilla. Pero aún quedaba mucho trecho por delante, al llegar a Louge, doblamos a la izquierda, por un camino inundado. Si antes se iba despacio, ahora mucho más, hasta que al fin del camino, se abría una tranquera donde estaba el resto del equipo, esperando ansiosos nuestra llegada, más extrañados que alarmados por la tardanza.
Allí se enteraron de lo que nos había sucedido y tras preocuparse por nuestra salud, que no había sido afectada, almorzamos.
Aquí mi memoria se corta, porque no recuerdo como ni con quien volví a casa, ni donde realmente terminó el viaje. Pero el vuelco quedó definitivamente grabado en mi memoria. Entonces tenía apenas 10 años cumplidos hacía muy poco.

martes, 15 de enero de 2013

Tommy no se fue


Vaya a saber por qué rincones de la memoria ayer se me apareció Tommy, mi perro de la infancia adolescencia y juventud, un collie semi puro que llegó a casa de la mano de mi padre para que sea la nueva mascota de mi hermano, para reemplazar al Jeep, el viejo setter que había llegado al fin de sus días tras una larga vida junto a la familia.
Tommy llegó de muy pequeño y como la de todo cachorro, sus correrías no conocían límites, de modo que por la maldad de algunos y la indiferencia de quienes estaban en el almacén de Cacho, Tommy desapareció una tarde. Lo tomó alguien y se lo llevó, cuando apenas tenía unos pocos días como integrante de la familia. Pero mi padre y mi hermano se ocuparon de seguirle el rastro y pudieron recuperarlo de manos del ladrón, que dijo le había sido regalado por el bolichero, que obviamente no era el amo del cachorro. Hoy es casi irrelevante el dato, pero dudas quedan.
Cuando llegó de nuevo a casa, ya había dejado de lado sus blandas lanas de cachorro y un pelaje entre negro y marrón le cubría su humanidad, su hocico había crecido, se puede decir que estaba en su primera adolescencia.
Pronto comenzó a demostrar sus habilidades, como perro cazador, ayudaba a identificar que cuevas estaban habitadas y cuáles no, avisaba de la presencia de visitantes, ya fueran estos humanos o animales. Sabía distinguir cuales visitas eran bien recibidas y cuáles no, lo que daba a todos la tranquilidad de saber si quien llegaba era un indeseable.
Nunca sin embargo fue demasiado cariñoso o agresivo con la gente que llegaba a casa, pero había desarrollado una especial inquina con los ciclistas, vaya a saber por qué tropelía les solía pasar facturas mordiéndole los tobillos.
Otra de las debilidades de Tommy eran los huevos de gallina, le encantaban y por ello no cesaba de comerlos, hecho que la familia desconocía, hasta el día que cansados de que los nidos de las cluecas fuesen saqueados, la familia decidió colocar una trampa, con un huevo como manjar para las “comadrejas”. Pero no habían pasado tres minutos de haber colocado el señuelo y armado el artefacto, cuando los llantos furiosos de Tommy hicieron que todos volviéramos sobre nuestros pasos para ver al perro con una de sus manos atrapadas entre los dientes de acero de la trampera.
Fue necesario cubrirlo con un lienzo para que no muerda a quienes queríamos sacarlo de su sufrimiento. La conclusión de este incidente fue obvia, el ladrón de huevos era Tommy. Pero la experiencia traumática y dolorosa le enseñó que hay cosas que no se podían hacer en casa y mantuvo largos años de una conducta ejemplar alejada de ese manjar, aunque los vecinos cada tanto se quejaban de que algún bicho les había hecho desaparecer una nidada.
Mi hermano se fue de casa y el perro quedó y si bien era el perro de Vito yo lo consideraba más mío que de nadie y así fue que por nuestras edades nos hicimos muy amigos, yo salía de a caballo y el Tommy iba tras mío. Me sentaba en el patio y Tommy a mis pies, yo corría, Tommy corría, yo caminaba, Tommy caminaba.
Pero lo que más recuerdo de Tommy eran las largas “peleas”, que teníamos de modo de gastar las energías que a ambos nos sobraban.  Golpeaba mis manos dos veces y esa era la señal para empezar nuestro juego, el ladraba y hacía que me mordía y yo hacía que lo agarraba y lo tiraba al piso, para que el volviera con su ladrido a hacer el ademán de agresividad. Esto durante largo rato, hasta que cansados ambos, yo daba la señal: levantaba la mano y decía: bueno, y Tommy dejaba su actitud juguetona y agresiva para ofrecer su cabeza a mi caricia.
Este espíritu juguetón y las señales para comenzar el juego y terminarlo, trascendieron toda su vida y cuando ya estaba viejo y sordo, me paraba delante de él, para que me viera dar los dos golpes con las manos, entonces daba uno o dos ladridos ronca y enseguida le daba la señal de mi mano levantada para que cesara y con su andar cansino y bichoco se me pegaba al pantalón para que le acariciase la cabeza, en agradecimiento por haber cumplido una vez más con el ritual.
Alberto Pérez trabajó durante largos años en casa y fue quien recibió los plácemes de Tommy, mientras yo cumplía con la tarea de educarme como pupilo, lejos de casa. Nolda, la mujer de Alberto, siempre decía, “si querés saber dónde está Alberto búscalo al Tommy”. La aplicación de éste método de búsqueda de nuestro empleado siempre fue exitosa.
Su instinto cazador le permitió a Alberto hacerse de cientos de peludos (armadillos), que formaban parte de su dieta y que consumía como verdaderos manjares. Ambos salían de noche, momento en el que los peludos abandonan sus madrigueras subterráneas para salir a comer. Tommy caminaba delante, Alberto detrás, de pronto, el perro tomaba el olor de la presa y salía disparado para atraparla, Alberto corría detrás y se encontraba con el perro echado por encima del peludo sin dejar que escape y sin lastimarlo. El animal así cazado iba a una bolsa, para luego ser llevado vivo a un lugar seguro donde esperaba el momento en que era sacrificado para ser consumido.
Su instinto de guardián lo llevaban todas las noches hasta la puerta de calle de la habitación de mis padres, donde velaba por el sueño de ellos. En ese lugar de pronto se levantaba en medio de la noche para ladrar a algo que lo perturbaba, para luego volver a echarse con el lomo pegado a la persiana.
Cuando yo decidía dormir a la luz de la luna en un  catre, quien me acompañaba echado a escasos metros de la cama era Tommy y repetía las rutinas de su ronda de guardia en la puerta de mis viejos. Nadie se lo enseñó, pero él lo sabía y lo hacía.
Cuidaba de nosotros y por toda recompensa pretendía una caricia en su cabeza y obviamente la comida, las sobras de lo que se comía en casa, o los trozos de ganado muerto, que eran traídos para que se dé un festín.
El tiempo y los años fueron pasando y una progresiva sordera le fue alejando de los sonidos, de modo que para llamarlo, si dormía había que tocarlo y hacerle gestos para que siga, si estaba despierto bastaba una señal, pero cada vez más su piernas le flaqueaban y su paso, otrora alegre y despreocupado, era una verdadera tortura de dolor, pero se las componía y venía, pero cada vez con más renuencia.
El final de Tommy fue trágico, murió bajo las ruedas del auto de la familia. Con mi padre llegamos de regreso a la tardecita con las provisiones de la casa y Tommy salió a recibirnos con alegría y ladridos como lo hacía siempre, pero, vaya a saber por qué, cuando el auto casi se detenía dentro del garaje, perdió pie y recibió un golpe letal. Pocos minutos después entre quejidos, terminó su corta agonía.
Ya han pasado más de 45 años de la partida de Tommy, pero está tan fresco su memoria, que me parece verlo correr quiméricamente detrás de las libres que nunca alcanzaba, me parece verlo echado al pie de mi cama, me parece sentirlo ladrar para avisar de la llegada de visitas. Es mentira que se haya ido, porque permanece en mi memoria, y mientras esté allí, Tommy siempre estará conmigo.  

viernes, 28 de diciembre de 2012

La llave de la Navidad


No hay peor cosa para el alma que en determinadas ocasiones sentirse más que impotente, ante un hecho fortuito. Hace unos días, salía de casa para pasar la noche buena en compañía de mi familia en el campo junto a mi hermana y parte de su familia.
Tras batallar un largo rato con  el eterno femenino que nunca está listo en el tiempo que uno pretende, llegó la hora de partir, como hay una alarma fui el último en salir, activé el dispositivo, cerré la puerta, tiré de la cinta del llavero que siempre tiene mis llaves adosadas, en uno de sus extremos para girar la cerradura y… oh sorpresa, sólo saqué la mitad del broche que prolonga la cinta hasta el aro con los llaves.
“Hija: Dame las llaves que te di hace un rato”
“No las tengo Pa. Las dejé arriba de la mesa”
Entre la mesa y yo había apenas unos 7 metros, pero entre la mesa y yo estaba la puerta cerrada y sin posibilidades de accionar ningún picaporte porque no los tiene, sólo la abre la llave.
“¿Vos tenés una llave?, le pregunto a mi mujer con la peregrina esperanza de que ella tan previsora siempre, tuviese una llave en la cartera. La esperanza duró lo que se tarda en decir: No.
Miré el llavero, cuyo broche era lo más parecido a un muñón, más que inútil. Sólo servía para que lo contemple. Mientras mi mente echaba mano a las habilidades de cerrajero que una vez fui. Sudando como un beduino logré pocos minutos después, unos 20, abrir la puerta echando mano a uno de tantos recursos que fueron habituales en mi vida al frente del negocio.
Al fin con la puerta cerrada como corresponde, subimos al auto y emprendimos el viaje para desembocar en una celebración navideña a la luz de las velas en mi terruño natal, en compañía de mi familia, dos hijas, un yerno y mi mujer, más mi hermana, una de sus hijas su yerno, sus cuatro hijos y un amigo que estaba muy sólo y que tuvo la posibilidad de celebrar con nosotros.
Una de las hijas de mi sobrina, tiene apenas 7 años y aún no descubrió cual es la verdadera esencia de Santa Claus y su presencia en la gran mayoría de los hogares cristianos a la medianoche que divide a los días 24 y 25 de diciembre. De modo que sus gritos de alegría al comprobar la llegada del hombre del trineo con los regalos debidamente rotulados, fueron para todos momentos emocionantes y especiales. Acaso sea la última vez en su vida que se sorprenda con el hecho navideño y sus miles de preguntas sobre la magia de la Navidad finalmente desemboquen en el saber que ha sido su familia la proveedora de tanta dicha.  

jueves, 29 de noviembre de 2012

Baldovinos


Gesticulaba levantando los brazos al cielo y gritaba: “ustedes ya van a ver” y lo repetía como una letanía desesperada, a veces sus gritos eran afirmaciones, a veces preguntas a veces promesas, en otras amenazas. Su largo sobretodo oscuro se arrastraba por el piso mojado y mugriento, mientras la tormenta, de a ratos, le proponía una desigual competencia con su estruendo ensordecedor.
Baldovinos, hoy era una sombra de lo que antes fue. Ayer su palabra era escuchada. Ahora todos se esconden, para no oír sus plañideros argumentos y las protestas por sus desgracias. Sin embargo en esta jornada en particular estaba decidido a que lo escuchen. “Ya van a ver. Ustedes ya van a ver. Ya van a ver”, gritaba una y otra vez.
Su andar, al comenzar su caminata-manifestación, era seguro y sus largos pasos lo llevaban velozmente de una esquina a otra de la desierta ciudad. Pero la botella de vino, que cada tanto sacaba de uno de los bolsillos del sobretodo, lo detenía y su marcha tras cada pausa fue más lenta. Cuando la botella pasó de estar llena a casi vacía, sus pasos eran apenas un movimiento vacilante. El camino recto comenzó a ser errático y cuando al fin en una parada, comprobó que la botella estaba irremediablemente vacía, la miró con fijeza, a pesar de que se tambaleaba sin poder estarse quieto.
Fue bajando la botella lentamente desde su boca mientras su cabeza seguía el trayecto descendente. Ya del todo agachado dejó caer la botella, que con estrépito se partió en mil astillas. Dio tres pasos, y cada vez más encorvado apoyó sus manos en el piso, se arrodilló, sus brazos se doblaron lentamente y cayó de costado y quedó inmóvil, como dormido.
Así murió Baldovinos sólo y abandonado, ya nadie lo escuchaba. La admiración que alguna vez le tuvieron, se metió en lo oscuro del tinto vino. Así sin gloria, sin fama, sin dinero, se fue Baldovinos.
Al entierro fueron todos, los que alguna vez se dijeron amigos de Baldovinos, pero amigos para emborracharse con el dinero del hombre tan famoso, que ganaba más en una noche de puños, que todos en un año. La juerga, las mujeres y el vino, terminaron con la vida de Baldovinos.     

La lluvia

La lluvia ha sido siempre fuente de inspiración de poetas, de enamorados, de deprimidos, de borrachos, de gente feliz, de agricultores, pintores, de jubilados, de… en rigor de todos los habitantes de la tierra. Es decir no pasa desapercibida nunca ni para aquel que esta feliz por su caída, ni aquel que había planeado un día al sol, ni siquiera para aquel que le es indiferente.
Para mi, es siempre motivo para alegría, no importa que la deba soportar en el medio de la nada, al abrigo de mi casa, o debajo de las sábanas trenzado en una danza sexual y motivadora.
La lluvia es vida, es amor, es salud, es belleza. Mucho me molestaba en mis épocas de tambero, porque las vacas y su carga, no soportan que no se las alivie. Uno tal vez mojado irremediablemente haya estado malhumorado, pero las vacas  son felices de que uno cumpla con  ellas y eso al cabo es motivo de regocijo.
Es sorprendente si uno analiza los títulos de cientos de poesías, o de letras de canciones de la más diversa índole en los que se menciona la lluvia, como motivo central o inspirador. Vaya como ejemplo el tango Garúa, Caen gotas de lluvia sobre mi cabeza, Has visto la lluvia caer alguna vez, Siempre llueve en el Sur de California, Caminando bajo la lluvia… y la lista es interminable.
Es por eso que hoy que escucho la lluvia caer, oigo como hacen sonar una chimenea de lata, como si las gotas se hicieran cómplices de mi alegría y me agradeciesen tocando una desafinada melodía, me siento feliz.
No se si vale escribir esto después de que tanto se ha dicho y hablado de la lluvia, de las inundaciones y de las sequías… La lluvia está aquí para que la veamos, para que la bebamos, para que la disfrutemos y con cada nueva gota, sabemos que el compromiso de la naturaleza para con nuestra vida, no está roto. Siempre que tengamos agua para beber, tendremos vida.

martes, 27 de noviembre de 2012

Sillones y escrituras

Aun hoy, pasado un mes de mi último día formal de trabajo, sigo sin encontrar un rumbo más productivo, al menos el que imaginé al trazar mis planes en largos días de añoranza de esta vida de provecto emérito (viejo jubilado).
Pinto si, pero no tanto como imaginé, pero mi vida pasa por no hacer demasiado aunque la casa se ha visto beneficiada por algunos arreglos largamente postergados.
Me está esperando
Uno de esos impulsos reparadores llegó hasta el sillón azul, que de nuevo tenia la virtud de reclinarse, hasta casi convertirse en una cama. Cuestión que por vaya a saber que designio del destino, esa habilidad quedó reducida a la nada, simplemente un sillón al cual había que mover con cuidado so pena de que uno quedase sepultado en sus vericuetos más íntimos.
Una mañana me levanté muy temprano 9:30, (bueno no tan de madrugada) desayuné agarre el sillón lo saqué al patio, lo partí en dos, miré ambos medios sin saber muy bien que se había roto y que había que hacer para unirlos de nuevo. Finalmente como para ver un poco mejor, puse la parte del asiento patas para arriba sobre la mesa, de la parte de abajo le arranqué un liencillo plástico blanco que no me dejaba ver, coloqué la base encima del asiento y … eureka, me di cuenta que los tornillos que una vez tuvo, para sostener las partes unidas no estaban más. Ocho tornillos más tarde, baje el sillón al piso, moví el espaldar hacia atrás, el apoyo para las piernas salió correcto y lo que es mejor, también hizo a la perfección el trayecto inverso.
Cargué de nuevo el sillón lo devolví a su lugar, hice la prueba de uso pesado, es decir me recliné y salí de la posición varias veces y… ¡todo bien! Qué siesta que hice a la tarde. Televisor a toda vela en un canal de documentales que a cada rato me gritaba para que me despierte, yo ni bola que le di.  
Esta bien este artilugio es para descansar, pero arreglé también el cuarzo del baño, que durante años funcionó a media máquina, remplacé viejas teclas de encendido de  luces y tomas por las modernas. Arreglé una centenaria puerta heredada de Ombú que necesitaba una urgente operación para evitar la cirugía de tener que invertir una pila de plata para comprar y colocar una nueva.
También pinté, dos cuadros. Están esperando el toque final, seguro que en breve verán la luz en face y en este blog.
Ahora se me ha dado por escribir estos opúsculos. Es como una necesidad que me ha surgido de pronto. Según Inés porque el cerebro no está recalentado como cuando estaba en la redacción del diario y si siempre me fue fácil escribir, ahora también me resulta placentero. Muy placentero, diría. 

Alfredo Portillos, genio, loco y artista

El arte, la genialidad y la locura suelen confluir en algún punto y cuando eso sucede no se sabe, si quien esta en esas condiciones, es un artista, un genio o un loco. Las tres adjetivaciones le van muy bien a Alfredo Portillos un hombre que a los 85 años sigue viviendo como si tuviera muchos menos años, que se atreve a todo lo que el arte, su genialidad o su locura le dictan.
Él había estado aquí en Coronel Suárez ya hace mucho y quede impresionado por esa permanente transgresión, por esa forma de desencasillarse cuando algún interlocutor pretendió ponerle algún rótulo.
Vive en lo más alto de una escalera, de un edificio de la calle Magallanes en el barrio de la Boca.  Bajó desde un segundo piso a atender el llamado desde el timbre blanco ubicado al costado de la puerta y luego  penosamente a mis espaldas tomándose de ambas barandas vuelve a subir los empinados escalones.
Su larga barba que le llega hasta la mitad del pecho, la túnica blanca y su postura general hacen pensar en un monje budista y como para corroborar mis pensamientos sin que le pregunte me lanza: “Soy budista”.
Mientras escucho su voz mis ojos recorren la estancia atestada de cosas, las que difícilmente pueden catalogarse de alguna forma, pero que son expresiones del alma del anciano y de su hijo que no está al momento de la visita.
La tarde boquense se va marchando despacito hacia la noche y la charla en ese ambiente discurre por los más diversos ámbitos. Cuenta que fue tentado para ser cura, pero no quiso, que conoció su verdadera vocación ya de adolescente, que fue a estudiar arte a Tucumán, que es profesor de la UBA y que sus clases las sigue dando un par de veces por semana.
Un te especial de sabor raro es su homenaje para la visita, hecho con agua mineral, calentada por la única hornalla de la cocina que esta disponible, ya que tal como en el resto de la casa la montaña de cosas tapa todo.
A pesar de ese desorden encuentra las tazas limpias muy fácil, el paquete de te y todo lo necesario para que sea una ceremonia especial, todo aparece en sus manos como si las sacase del pliegue de su túnica.
Ya casi de noche viene Inés a buscarme para ir al cine, momento en que nos lleva a recorrer una habitación atestada de sus trabajos, algunos fáciles de entender, otros no tanto, otros bastante revulsivos, como una serie hecha con lo que queda en el papel higiénico.
Nos regala una reseña de su vida hecha para alguna exposición, después nos vamos, saluda desde arriba de la escalera, la calle esta llena de chicos jóvenes, bromean entre si y bromean conmigo diciéndome suegro, nos subimos al auto y nos fuimos. ¡Ja, Alfredo Portillos!..., es la reflexión que me dejó la visita.