sábado, 22 de septiembre de 2007

De Ombú a Buenos Aires en 12 horas

Para ir a Buenos Aires desde mi casa, no hacía falta más que cruzar la calle, acercarse a la estación, abonar el boleto del tren, esperar que llegue, subir antes de que se cumplan los dos escasos minutos de la parada y comenzar a desandar una aventura de 455 kilómetros, entre Ombú y Plaza Constitución, tal como está expuesto en el cartel de fundición, colocado sobre uno de los palos del telégrafo del ferrocarril. Hoy, esa distancia son apenas algo más de 4 horas de viaje de automóvil, pero entonces, la aventura duraba exactamente 12 horas. El tren se tomaba alrededor de las seis y el último aliento de la locomotora de vapor lo entregaba en el andén Nº 14 de Plaza Constitución alrededor de las seis de la tarde, si es que vaya a saber por qué el tren no se atrasaba. Dos valijas grandes, una valijita de picnic con platos y cuchillos, una canasta con la vianda y dos termos de café y té caliente constituían el equipaje normal de mi familia, mi padre, mi madre y yo; acaso el más difícil de soportar. Una especie de equipaje móvil, con ideas propias que nunca coincidían con las de mis padres. La cosa empezaba muy bien porque era temprano, me habían sacado de la cama hacía un rato, normalmente, los viajes eran en invierno, así que el frío y el sueño me mantenían quieto, hasta que lograba combatir a esos dos enemigos, después el enemigo público era yo. Ese «rubiecito simpático» pero la piel de Judas reencarnada. Partía el tren. Cuando todavía estábamos buscando un asiento al lado del radiador de la calefacción, siempre aparecía alguna matrona, de esas que nunca faltaban, con intenciones de entablar diálogo de manera de pasar el viaje entretenida y luego intercambiar cosas del menú al mediodía, con sus circunstanciales compañeros de viaje. Estas «viejas» los primero que hacían, como para entrar bien en la familia; era pasar la mano grasienta por mi pelo más grasiento de gomina, húmedo y recién peinado. «Que lindo nene rubio», vieja de m... pensaba yo, no ves que me estás despeinando. Esto último sin embargo no precisaba demasiado de factores externos, pues siempre fui rebelde y la rebeldía comenzaba por tener el pelo desordenado. Odiaba y odio los cortes de pelo y sentir el tironeo del fijador que se seca. Para cuando terminábamos de acomodar las cosas, (yo siempre contribuía a desacomodar), estábamos pasando el puente negro y entrando a Huanguelén. Aquí el tren se detenía más tiempo, los vagones, uno de primera y otro de segunda, casi vacíos se llenaban. La locomotora cargaba agua, el correo bajaba la correspondencia que se recibía, y despachaba la que salía de Huanguelén. Tres o cuatro carretillones llenos de paquetes y encomiendas, subían al vagón de cargas y estafeta. Cuando todo quedaba en orden, la campana, el guarda primero y la locomotora después hacían sonar su silbato y un «chuuuuffffff», gigantesco ponía en movimiento al convoy, que lentamente cobraba velocidad. Otoño, la siguiente parada, tan corta como la de Ombú, Louge lo mismo, y Arboledas, otra parada un poco más larga, no tanto como la de Huanguelén. Pese a la premura de la detención, siempre alguien subía o bajaba y se recibía y despachaba alguna carta o encomienda. En Arboledas bajaba el pan de Mariani, bajaba mucha gente que iba a trabajar, subía tanta como la que bajaba, el tren partía igual de lleno y rumoroso que de Huanguelén. Mapis, dos minutos y vamos Recalde, otra vez la parada larga. Esta vez el movimiento de gente era para trasbordar al tren que venía desde General La Madrid por el ramal de Quilcó e Iturregui, para ir a Alvear y Saladillo. Del tren nuestro, el número 6 al de ellos el Nº 8. El nuestro iba por Bolivar y 25 de Mayo, caras nuevas pero igual de lleno. Yo a esta altura, estaba convertido en «la delicia» de mis padres, corría por los pasillos, me bajaba en todas las estaciones, corría por los andenes de las estaciones con mi padre detrás. Todo lo tocaba, siempre quería agua, café, mate o lo que me dieran, iba al baño cada diez minutos, abría las canillas de los lavabos, hacía pipí con el tren parado en las estaciones, porque me habían dicho que en las estaciones no. Cabe explicar que a bordo de esos trenes no había baños químicos como los de ahora, y el inodoro era un tubo de metal que se estrechaba y terminaba con las deposiciones en la tierra, hacer esto con el tren en movimiento no producía mayores inconvenientes, pero el con el tren parado frente a las pulcras estaciones era todo un tema. Pese a toda esa actividad yo seguía aburrido y mis padres no sabían que hacer con el «borrego de m...». Igual era Felicito, el rubiecito lindo del que todos se enamoraban cuando lo veían, aunque el amor luego se consumía tan velozmente como un fósforo. «Nene andá al asiento de tus padres...», mis padres si hubiesen podido también me mandaban de paseo, pero para bien o para mal yo era su hijo, ¡Qué paciencia... pobres viejos!. Paula y Vallimanca, las dos estaciones siguientes, apenas si dos paradas para llegar a Bolivar. Una hora de parada, mientras el tren se estiraba, le agregaban uno o dos vagones de carga, un restaurante y seis o siete vagones más de pasajeros, que vaya a saber desde dónde venían, pero todos indefectiblemente llenos. En Bolivar cambiaba el personal y la máquina. El nuevo guarda en su primera pasada, pedía todos los boletos, y se quedaba con los de los que bajaban en Mariano Unzué, mientras tanto ya el estómago de todos estaba muy vacío y desde los estantes de las valijas bajaban las canastas, los paquetes, las botellas y el olor a ajo de las milanesas y el pollo, todo lo invadía. Aparecía el vino, el pan empezaba a crujir, y todos comían. Algunos, los menos, iban y se pagaban un almuerzo en el coche comedor. Nosotros a veces optábamos por esta solución, pero la verdad es que la comida normalmente era mala y la atención de los empleados mozos de «nuestros ferrocarriles» peor, por lo que la mayoría de las veces nos plegábamos al resto de la tribu del vagón. Hale, Del Valle, Huetel, Agustín Mosconi, Valdés, mitad de camino, aquí la parada era un poco más larga por el cruce con el tren 5, el que hacía el recorrido inverso al que íbamos nosotros, Islas y 25 de Mayo, otra larga parada. Martín Berraondo, Norberto de la Riestra, Pedernales, Ernestina, Elvira, A. Carbone, Lobos y Empalme Lobos, otra larga parada y van..., la última..., porque había muchos trenes que salían y entraban. Después Uribelarrea, sin paradas a Cañuelas, esperar otro rato, ya estamos más cerca, se pasa de largo en todas hasta Temperley. Mientras tanto pasó la hora de la merienda, ésta se tomaba antes de Lobos, con dulce de leche untado en el pan, té con leche, esta última también viajaba. El agua la habían calentado en el coche comedor, donde también pasábamos un rato. Ya aquí yo volvía a ser el «rubiecito lindo», porque cansado me quedaba quieto, aunque de dormir la siesta ni hablar. Temperley, nombre mágico, ya era casi de noche, a juntar y ponerse los puloveres, sacos camperas, empaquetar las revistas, meter los restos de las viandas a las canastas, emprolijar un poco el chiquero de cada uno y a pararse en el pasillo. Por fin Constitución, todos cargados de valijas, a buscar la calle o si se tenía suerte se podía encontrar algún changador libre, que por algunas monedas ponía todo sobre una gran carretilla y salía hasta la calle Hornos donde apretaba paquetes y sus dueños en un taxi. Fin de la aventura, que había comenzado hacía ya lejanísimas doce horas, en una mañana de invierno, podía ser de lunes, miércoles o viernes, la vuelta en el cinco eran los martes, jueves y sábado. ¿Los domingos?. Descanso.

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