domingo, 14 de febrero de 2016
lunes, 11 de marzo de 2013
Un aparato sencillo
Hacer cosas que parecen misteriosas y que de pronto dejan
de serlo tanto y de tanto ir e ir, fracasar y fracasar, cuando al fin se sortea
la dificultad, uno se mira las manos y no puede menos que exclamar, ¡que
pelotudo!..., esto era tan sencillo y yo no lo sabía hacer.
Cabe explicar que hace ya un tiempo se me había metido
entre ceja y ceja la idea de tener un aparato más nuevo. El momento de la
inversión parecía distante, hasta que las circunstancias apuraron los tiempos.
A pesar de no haber nacido con los botoncitos en las
manos, me las arreglo bastante bien, como parecen nacer los chicos hoy, que
antes de saber leer y escribir apenas tienen en su poder estos artefactos con
los cuales hay que convivir, los dominan como si los hubiesen diseñado ellos.
Hace unos días por esos avatares del destino el televisor
LCD que aun tengo, de pronto se puso negro y si bien se podía escuchar, las
imágenes dejaron de existir.
Cabe explicar que hace ya un tiempo se me había metido
entre ceja y ceja la idea de tener un aparato más nuevo. El momento de la
inversión parecía distante, hasta que las circunstancias apuraron los tiempos.
De manera salí a averiguar precios por un moderno Smart
TV, que se puede conectar a la WWW para
muchas cosas, entre ellas leer el diario, en vez de escuchar el bastardeo de la
noticia que se hace en los noticieros, donde los tipos con el micrófono en la
mano pierden horas enteras en repetir y repetir que el cadáver estaba muerto.
La cuestión es que después de algunas averiguaciones
compré o mejor dicho me endeudé con un aparato nuevo. La primera dificultad fue
lograr lo más sencillo, es decir ver televisión y ver en alta definición y con
la mejor calidad disponible.
Para ello necesitaba conectar el aparato al decodificador
de la televisión satelital con un cable HDMI. (No tengo la menor idea de lo que
significa la sigla, pero puedo suponer que las dos primeras letras están por
High Definition). El cable en cuestión no estaba provisto, por lo que hube de
salir a buscar uno, que lo conseguí por la módica cifra de 65 pesos. ¿Pero che
este es de oro?, pregunté.
Nunca creí que me podían tapar la boca de una forma tan
contundente.
“Mirá lo que dice acá”. Me dijo el hombre detrás del
mostrador al tiempo que me acercaba el estuche. Textualmente decía: “Contactos
enchapados en oro”.
Con el cable en mano me vine a casa, luego de 10 minutos
de pifiar los agujeritos donde hay que meter la joya recién comprada, pude al
fin sentarme, sudando como un beduino. Se me empañaban los lentes a través de
los cuales debía mirar los cartelitos del control remoto que por efecto de la
humedad parecían manchas. La mayoría de ellos son símbolos, aunque encontré
rápido el power, lo pulsé, en la pantalla empezaron a aparecer cartelitos y
tras varios continuar, el aparato estaba listo para devolver imágenes, que sin
embargo no aparecían.
Con uno de los tres manuales que vinieron con el
artefacto, empecé a tratar de entender un poco lo que había que hacer, hasta
que me aburrí y decidí tocar de oído, tan mal no me fue porque de pronto
comenzamos a ver imágenes y vaya que imágenes, de altísima calidad.
Yo quería seguir aprendiendo, pero mi mujer quería ver su
novela o no sé que cosa, por lo que debí resignarme a que muchas funciones quedarían
en el misterio por un tiempo.
Un rato después retomé, le conecté el DVD, fracasé porque
no se ven los CD en colores, pero bueno seguimos adelante.
Había que hacer que el control del directv se convirtiera
en el único. Hubo que encontrar los viejos manuales, y leer varias veces las
instrucciones, son sencillas pero… después de apretar los botoncitos mil veces
el televisor se resistió estoicamente a dar señales de obediencia. Cuando al
fin después de dos horas de intentar establecer el parámetro nada ocurría,
capitulé.
Tomé el teléfono disqué un 0800 que me depositó ante una
operadora de algún país sudamericanos que no es el nuestro y después de probar
con varias claves distintas al fin el televisor se rindió de modo que con un
solo control, ahora puedo prender y apagar el tele y subir o bajar el volumen.
Pero quedaba otro desafío, conectar el Smart TV a la red
informática. Encontré la vía para ir a su configuración, le puse la clave del
WI FI y nada. Volví a intentarlo otra vez nada y nada y nada…, Hasta que al fin
después de escribir la clave del router que tiene una incontable cantidad de
letras, infinitas veces, de pronto, comenzó a navegar.
Con el triunfo asegurado tuve tiempo de reflexionar y
darme cuenta de lo tonto que soy, porque no me puede dar tanto trabajo algo tan
fácil. Total el control remoto tiene unos 30 botoncitos, cada uno de los cuales
es hábil para otras 30 operaciones. Todo muy sencillo, tan sencillo que un niño
puede operarlo, pero yo no soy un niño, dejé de serlo hace mucho, de forma que
la próxima vez quiero que me den un aparato que sea tan sencillo para que un
viejo como yo lo pueda manejar.
martes, 22 de enero de 2013
Liquidaciones y bolsas
Caminaba delante de una vidriera y un cartel bastante
grande, hecho con letras de papel decía “liquidación”, más abajo y en letras más
chicas: “hasta 50% off”. O sea un tercio del cartel en inglés y el otro tercio
en castellano y lo restante un número, un símbolo universal. No sé si es que
estamos volviendo al castellano o nos estamos yendo definitivamente al inglés,
porque si fuese en castellano debió decir: de
descuento y si todo hubiese sido en inglés la primera palabra debió ser sale. O sea al 50% de la música
nacional.
En fin llaman la atención estos carteles, porque hoy los
sale, nada tienen que ver con las antiguas liquidaciones de otoño o de
primavera en las cuales uno podía adquirir ropa, que de eso se trata, a mitad
de su valor, o al menos a precios mucho más bajos que al principio de cada
temporada.
Lo cierto que existían, entonces nuestros padres
aprovechaban y compraban ropa en esas liquidaciones, el problema que debían
usarse casi de inmediato, so pena de que al invierno o verano siguiente nos
quedasen chicas las prendas y si eso ocurría, entonces el ahorro se convertía
en un gasto inútil.
Pero claro usar ropa de invierno en verano y de verano en
invierno tenía algunas contraindicaciones. O te morías de calor, o el frío te
hacía ver las estrellas, pero bueno un detalle mínimo, la ropa era bien barata.
Había sin embargo una opción. Te compraban la ropa dos o
tres números más grandes y te la ponían igual, porque al fin la ropa que tenías
te quedaba chica, entonces ocurría un fenómeno bastante particular. Los hombros
de una camisa por ejemplo, quedaban a la altura del codo, entonces en los puños
las daban vuelta varias veces hasta que quedabas ensillado y listo para
galopear.
Si tenías una camisa en esas condiciones el movimiento
terminaba por desenroscar las mangas y uno acababa dando lástima, porque las
manos no se veían y la camisa irremediablemente se iba poniendo vieja, de modo
que cuando al fin el cuerpo le entraba perfecto al talle, la sayuela en
cuestión estaba ajada y desde los codos hasta el hombro la tela tenía un color
apagado y de los codos a los puños, estaban impecables. Nuestro aspecto era
patético.
Lo mismo ocurría si el tema era un pantalón largo, uno
terminaba usándolo como complemento para no ensuciar las suelas de los zapatos
y casi antes de que sean nuevos, estaban remendados. Si la prenda era un saco,
uno parecía metido en una carpa. Las solapas quedaban a la altura de la cintura
y el cuello lo podías usar de capucha. ¡Verdaderamente lamentable¡
Pero hay otras cosas que han cambiado con el tiempo y sobre
las cuales vale detenerse un poco. Por ejemplo cuando se iba a comprar mercadería
a un almacén, el supermercado era una obra de ciencia ficción entonces. Tenías que
llevar los envases. En casa eran bolsas de tela fabricados por mi mamá en su
Singer o en bolsas de red que se compraban. Maldita la hora que se te ocurriese
ir a un negocio si el correspondiente envase, el bolichero te miraba con cara
asesina, buscaba una bolsa de papel marrón y metía las cosas allí, o tal vez si
encontraba una bolsa vacía de cal o cemento, con bronca te encajaban compra en
ese envase “aséptico” con la mejor cara de “yo no fui”.
Pero el sistema era muy bueno y mucho más ecológico que el plástico
que te dan hoy en cualquier negocio.
Era muy sencillo el sistema, uno le daba la bolsa a quien te
despachaba la mercadería la acomodaba, para que nada se rompa ni se vuelque.
Había que acordarse, antes de hacer las compras, de cargarlas en el auto y
calcular cuantas eran necesarias. Generalmente una para el pan, otra para la
carne y dos a tres para el almacén y si lo que ibas a comprar era mucho o
voluminoso, por allí una bolsa de arpillera bien lavada servía de maravillas.
En fin liquidaciones, bolsas, tiempos que se fueron tiempos
que tal vez vuelvan. Tal vez con bolsas dejemos de ver cajeras con cara de
aburridas que te meten todo en las de plástico y se enojan si no tenés cambio.
Tienen la actitud de los colectiveros cuando te cobraban el pasaje con dinero,
al menos ahora son menos caracúlicos que antes, pero esta epidemia de mal humor
se ha trasladado a estas chicas de supermercado. En fin…
viernes, 18 de enero de 2013
La casilla
Me crie entre las herramientas de mi padre un productor
agrícola que además del trabajo específico de labranza, siembra y cosecha, le
gustaba la mecánica y de allí que la mayoría de los arreglos y pequeñas
modificaciones necesarias para adaptar las mismas a las necesidades
particulares de cada cultivo se hacían en casa. De modo que una herrería hacía las delicias de mis manos de niño, afecto a tomar martillos,
tenazas pinzas, llaves y cuanto elemento hubiese para “arreglar” mis cosas, lo
que generalmente desarreglaba los trabajos pacientes de mi padre y mi hermano.
Tanto fue mi amor a las herramientas que en cierta
ocasión en un viaje a Buenos Aires, exigí que como regalo me compren una llave
de tuercas fija, que le sirvió mucho mejor a mi padre que a mí, pero la llave
era mía y por ende la llave de Felix.
Mi padre trabajaba
en sociedad con un tío y cuando se disolvió el vínculo hubo que reacomodar el
parque de herramientas, ya que en la división, algunas fueron para mi viejo y
otras para mi tío.
Una de las cosas que quedaron en manos del tío fue la
casilla. Una especie de casa de chapas de ruedas petizas que eran enterradas,
al llegar al lugar de trabajo y no tenía piso. El elemento en cuestión, era
apenas un refugio contra el viento, ya
que en verano no se podía estar por el calor y en invierno se helaba hasta el
aliento. Me detengo en este carruaje tal vez el más insignificante ya que una
casilla que tuvo en mi niñez una importancia central.
Cuando se disolvió la sociedad mi viejo compró dos
tractores, un Fahr de 30HP que mi hermano condujo desde Buenos Aires a Ombú,
tras su compra y un Lanz comprado en Coronel Suárez al agente, la casa Zilio.
Mi amor por los fierros era tan grande que el día que
llegó el Lanz a casa, llegó también mi primera bicicleta, pero embalado por el
tractor, a la bicicleta casi ni la miré, para decepcionar a mi padre que se
había ilusionado con mi alegría, pero mi atención estaba dirigida un 100% a la
ruidosa y espectacular herramienta.
También compraron el chasis de lo que iba a ser la
casilla modelo, ya que su estructura se iba a construir en casa. Tardó varios
años en realizarse pero finalmente con mucho trabajo se fueron soldando los
fierros, pegadas las chapas de afuera, le colocaron lana de vidrio entre la
pared de chapa exterior y el interior de chapadur, se le hizo una división,
para separar el dormitorio de la cocina, un tanque para agua corriente en fin,
todo un progreso si se la compara con la otra vieja más un galponcito que otra
cosa.
Me costó mucho insistirle a mi hermano Vito para que me
enseñe a manejar el Fahr y fue ese el primer vehículo que manejé en mi vida y
el hecho también se convertiría en un hito de infancia.
En la primavera de 1957, había que ir a sembrar un
girasol en la estancia La Larga a unos 50 kilómetros de donde vivíamos. Dos
días antes de llevar todo el campamento al lugar de la cosecha, cayeron en la
cuenta que iba a faltar un chofer. Ya que el camión, el tractor grande y la
camioneta (una estanciera) de la familia, ocupaban a todos los que estaban
disponibles, por lo que… ¿Yo tengo que manejar el Fahr? tenía 10 años y un
miedo visceral para cumplir la tarea. Ya que una cosa fue manejar en el patio y
otra muy distinta un viaje de más de 50 kilómetros.
Mi padre y mi hermano se encargaron con paciencia de
explicarme por qué tenía que ser yo y por qué el tractor más chico y que no
había nadie, para hacer la tarea.
Insistieron y finalmente lograron convencerme. Argumentaron
que no era peligroso, que había que ir muy despacio, que me iba a acompañar don
Cosme Bauza, uno de los socios de mi viejo, mientras mi madre, una de mis
hermanas (Yvonne) y Angela, una amiga de Yvonne (que luego se convertiría en la
esposa de mi hermano) miraban serias, pero no contradecían a los hombres de la
casa.
Cuestión es que una mañana temprano salió la caravana
rumbo a su destino, el camión, el tractor Lanz y yo con el Fahr, la casilla detrás y más atrás un
acopladito marca Fama con combustible y algunas otras cosas necesarias para la
siembra. Al pasar por Huanguelén don Cosme se subió al tractor y se completó la
tripulación, el cocinero en la casilla Cosme y yo.
El camino, no tenía asfalto en ninguno de sus tramos, de
modo, que a la lenta marcha del tractor, hubo que sumarle más lentitud, para no
romper nada, encima el camino estaba muy abovedado porque había cuadrillas de
vialidad trabajando con palas tiradas por caballos haciendo un terraplén, que
impediría que en el futuro, el camino se convierta en un río, como sucedía cada
vez que llovía.
Pasamos Otoño, sin novedad, hasta que don Cosme me advirtió
que detrás nuestro había un vehículo que nos quería pasar. Por el ruido no
entendí sus palabras por lo que me di vuelta para oír, mi movimiento giró
levemente el volante y el tractor amagó a bajarse por la derecha del terraplén,
corregí enseguida, pero la casilla se volcó, por el desnivel, con el cocinero
que viajaba en ella.
Quiso la madre fortuna que nada se rompiese, que el hombre,
previniendo el tema se apoyó contra uno de los costados y se acostó junto a la
casilla. Para lamentar: hierros torcidos, un vidrio roto y nada más.
La gran pregunta ahora era: ¿Qué hacemos? El resto de la
caravana se había adelantado y lejos estaban de sospechar el inconveniente que
se nos había presentado.
Mientras daba vueltas desesperado sin atinar que hacer
sólo con mis pensamientos, ya que Bauza y el cocinero eran mucho más legos que
yo en la materia. Desesperado no me animaba a hacer nada. Hasta que pocos
minutos después llegó un tractor que también iba hacia un trabajo y el
tractorista, un hombre grande y la gente que se fue agolpando, resolvieron el
tema, engancharon la casilla del chasis, tiraron para ponerla sobre las cuatro
ruedas con el tractor y me instruyeron para que ni bien quede parada, mueva mi
Fahr hasta nivelarla y que no se vuelque de nuevo. Así se hizo y tras hacer
ataduras de emergencia para enganchar casilla y acoplado, continuamos viaje.
Don Cosme decidió que su actuación sobre el tractor había
sido muy pobre, por lo que hizo el resto del viaje en la casilla. Pero aún
quedaba mucho trecho por delante, al llegar a Louge, doblamos a la izquierda,
por un camino inundado. Si antes se iba despacio, ahora mucho más, hasta que al
fin del camino, se abría una tranquera donde estaba el resto del equipo,
esperando ansiosos nuestra llegada, más extrañados que alarmados por la
tardanza.
Allí se enteraron de lo que nos había sucedido y tras
preocuparse por nuestra salud, que no había sido afectada, almorzamos.
Aquí mi memoria se corta, porque no recuerdo como ni con
quien volví a casa, ni donde realmente terminó el viaje. Pero el vuelco quedó
definitivamente grabado en mi memoria. Entonces tenía apenas 10 años cumplidos
hacía muy poco.
martes, 15 de enero de 2013
Tommy no se fue
Vaya a saber por qué rincones de la memoria ayer se me apareció
Tommy, mi perro de la infancia adolescencia y juventud, un collie semi puro que
llegó a casa de la mano de mi padre para que sea la nueva mascota de mi
hermano, para reemplazar al Jeep, el viejo setter que había llegado al fin de
sus días tras una larga vida junto a la familia.
Tommy llegó de muy pequeño y como la de todo cachorro,
sus correrías no conocían límites, de modo que por la maldad de algunos y la
indiferencia de quienes estaban en el almacén de Cacho, Tommy desapareció una
tarde. Lo tomó alguien y se lo llevó, cuando apenas tenía unos pocos días como
integrante de la familia. Pero mi padre y mi hermano se ocuparon de seguirle el
rastro y pudieron recuperarlo de manos del ladrón, que dijo le había sido regalado
por el bolichero, que obviamente no era el amo del cachorro. Hoy es casi
irrelevante el dato, pero dudas quedan.
Cuando llegó de nuevo a casa, ya había dejado de lado sus
blandas lanas de cachorro y un pelaje entre negro y marrón le cubría su
humanidad, su hocico había crecido, se puede decir que estaba en su primera
adolescencia.
Pronto comenzó a demostrar sus habilidades, como perro
cazador, ayudaba a identificar que cuevas estaban habitadas y cuáles no, avisaba
de la presencia de visitantes, ya fueran estos humanos o animales. Sabía
distinguir cuales visitas eran bien recibidas y cuáles no, lo que daba a todos
la tranquilidad de saber si quien llegaba era un indeseable.
Nunca sin embargo fue demasiado cariñoso o agresivo con
la gente que llegaba a casa, pero había desarrollado una especial inquina con
los ciclistas, vaya a saber por qué tropelía les solía pasar facturas
mordiéndole los tobillos.
Otra de las debilidades de Tommy eran los huevos de
gallina, le encantaban y por ello no cesaba de comerlos, hecho que la familia
desconocía, hasta el día que cansados de que los nidos de las cluecas fuesen
saqueados, la familia decidió colocar una trampa, con un huevo como manjar para
las “comadrejas”. Pero no habían pasado tres minutos de haber colocado el
señuelo y armado el artefacto, cuando los llantos furiosos de Tommy hicieron
que todos volviéramos sobre nuestros pasos para ver al perro con una de sus
manos atrapadas entre los dientes de acero de la trampera.
Fue necesario cubrirlo con un lienzo para que no muerda a
quienes queríamos sacarlo de su sufrimiento. La conclusión de este incidente
fue obvia, el ladrón de huevos era Tommy. Pero la experiencia traumática y
dolorosa le enseñó que hay cosas que no se podían hacer en casa y mantuvo largos
años de una conducta ejemplar alejada de ese manjar, aunque los vecinos cada
tanto se quejaban de que algún bicho les había hecho desaparecer una nidada.
Mi hermano se fue de casa y el perro quedó y si bien era
el perro de Vito yo lo consideraba más mío que de nadie y así fue que por
nuestras edades nos hicimos muy amigos, yo salía de a caballo y el Tommy iba
tras mío. Me sentaba en el patio y Tommy a mis pies, yo corría, Tommy corría,
yo caminaba, Tommy caminaba.
Pero lo que más recuerdo de Tommy eran las largas “peleas”,
que teníamos de modo de gastar las energías que a ambos nos sobraban. Golpeaba mis manos dos veces y esa era la
señal para empezar nuestro juego, el ladraba y hacía que me mordía y yo hacía
que lo agarraba y lo tiraba al piso, para que el volviera con su ladrido a hacer
el ademán de agresividad. Esto durante largo rato, hasta que cansados ambos, yo
daba la señal: levantaba la mano y decía: bueno, y Tommy dejaba su actitud
juguetona y agresiva para ofrecer su cabeza a mi caricia.
Este espíritu juguetón y las señales para comenzar el
juego y terminarlo, trascendieron toda su vida y cuando ya estaba viejo y sordo,
me paraba delante de él, para que me viera dar los dos golpes con las manos,
entonces daba uno o dos ladridos ronca y enseguida le daba la señal de mi mano
levantada para que cesara y con su andar cansino y bichoco se me pegaba al
pantalón para que le acariciase la cabeza, en agradecimiento por haber cumplido
una vez más con el ritual.
Alberto Pérez trabajó durante largos años en casa y fue
quien recibió los plácemes de Tommy, mientras yo cumplía con la tarea de
educarme como pupilo, lejos de casa. Nolda, la mujer de Alberto, siempre decía,
“si querés saber dónde está Alberto búscalo al Tommy”. La aplicación de éste
método de búsqueda de nuestro empleado siempre fue exitosa.
Su instinto cazador le permitió a Alberto hacerse de
cientos de peludos (armadillos), que formaban parte de su dieta y que consumía
como verdaderos manjares. Ambos salían de noche, momento en el que los peludos
abandonan sus madrigueras subterráneas para salir a comer. Tommy caminaba
delante, Alberto detrás, de pronto, el perro tomaba el olor de la presa y salía
disparado para atraparla, Alberto corría detrás y se encontraba con el perro
echado por encima del peludo sin dejar que escape y sin lastimarlo. El animal
así cazado iba a una bolsa, para luego ser llevado vivo a un lugar seguro donde
esperaba el momento en que era sacrificado para ser consumido.
Su instinto de guardián lo llevaban todas las noches
hasta la puerta de calle de la habitación de mis padres, donde velaba por el
sueño de ellos. En ese lugar de pronto se levantaba en medio de la noche para
ladrar a algo que lo perturbaba, para luego volver a echarse con el lomo pegado
a la persiana.
Cuando yo decidía dormir a la luz de la luna en un catre, quien me acompañaba echado a escasos
metros de la cama era Tommy y repetía las rutinas de su ronda de guardia en la puerta
de mis viejos. Nadie se lo enseñó, pero él lo sabía y lo hacía.
Cuidaba de nosotros y por toda recompensa pretendía una
caricia en su cabeza y obviamente la comida, las sobras de lo que se comía en
casa, o los trozos de ganado muerto, que eran traídos para que se dé un festín.
El tiempo y los años fueron pasando y una progresiva
sordera le fue alejando de los sonidos, de modo que para llamarlo, si dormía había
que tocarlo y hacerle gestos para que siga, si estaba despierto bastaba una
señal, pero cada vez más su piernas le flaqueaban y su paso, otrora alegre y
despreocupado, era una verdadera tortura de dolor, pero se las componía y venía,
pero cada vez con más renuencia.
El final de Tommy fue trágico, murió bajo las ruedas del
auto de la familia. Con mi padre llegamos de regreso a la tardecita con las
provisiones de la casa y Tommy salió a recibirnos con alegría y ladridos como
lo hacía siempre, pero, vaya a saber por qué, cuando el auto casi se detenía
dentro del garaje, perdió pie y recibió un golpe letal. Pocos minutos después
entre quejidos, terminó su corta agonía.
Ya han pasado más de 45 años de la partida de Tommy, pero
está tan fresco su memoria, que me parece verlo correr quiméricamente detrás de
las libres que nunca alcanzaba, me parece verlo echado al pie de mi cama, me parece
sentirlo ladrar para avisar de la llegada de visitas. Es mentira que se haya
ido, porque permanece en mi memoria, y mientras esté allí, Tommy siempre estará
conmigo.
viernes, 28 de diciembre de 2012
La llave de la Navidad
No hay peor cosa para el alma que en determinadas
ocasiones sentirse más que impotente, ante un hecho fortuito. Hace unos días,
salía de casa para pasar la noche buena en compañía de mi familia en el campo
junto a mi hermana y parte de su familia.
Tras batallar un largo rato con el eterno femenino que nunca está listo en el
tiempo que uno pretende, llegó la hora de partir, como hay una alarma fui el
último en salir, activé el dispositivo, cerré la puerta, tiré de la cinta del
llavero que siempre tiene mis llaves adosadas, en uno de sus extremos para
girar la cerradura y… oh sorpresa, sólo saqué la mitad del broche que prolonga
la cinta hasta el aro con los llaves.
“Hija: Dame las llaves que te di hace un rato”
“No las tengo Pa. Las dejé arriba de la mesa”
Entre la mesa y yo había apenas unos 7 metros, pero entre
la mesa y yo estaba la puerta cerrada y sin posibilidades de accionar ningún
picaporte porque no los tiene, sólo la abre la llave.
“¿Vos tenés una llave?, le pregunto a mi mujer con la
peregrina esperanza de que ella tan previsora siempre, tuviese una llave en la
cartera. La esperanza duró lo que se tarda en decir: No.
Miré el llavero, cuyo broche era lo más parecido a un muñón,
más que inútil. Sólo servía para que lo contemple. Mientras mi mente echaba
mano a las habilidades de cerrajero que una vez fui. Sudando como un beduino
logré pocos minutos después, unos 20, abrir la puerta echando mano a uno de
tantos recursos que fueron habituales en mi vida al frente del negocio.
Al fin con la puerta cerrada como corresponde, subimos al
auto y emprendimos el viaje para desembocar en una celebración navideña a la
luz de las velas en mi terruño natal, en compañía de mi familia, dos hijas, un
yerno y mi mujer, más mi hermana, una de sus hijas su yerno, sus cuatro hijos y
un amigo que estaba muy sólo y que tuvo la posibilidad de celebrar con
nosotros.
Una de las hijas de mi sobrina, tiene apenas 7 años y aún
no descubrió cual es la verdadera esencia de Santa Claus y su presencia en la
gran mayoría de los hogares cristianos a la medianoche que divide a los días 24
y 25 de diciembre. De modo que sus gritos de alegría al comprobar la llegada
del hombre del trineo con los regalos debidamente rotulados, fueron para todos momentos
emocionantes y especiales. Acaso sea la última vez en su vida que se sorprenda
con el hecho navideño y sus miles de preguntas sobre la magia de la Navidad finalmente
desemboquen en el saber que ha sido su familia la proveedora de tanta dicha.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Baldovinos
Gesticulaba levantando los brazos al cielo y gritaba: “ustedes
ya van a ver” y lo repetía como una letanía desesperada, a veces sus gritos
eran afirmaciones, a veces preguntas a veces promesas, en otras amenazas. Su
largo sobretodo oscuro se arrastraba por el piso mojado y mugriento, mientras
la tormenta, de a ratos, le proponía una desigual competencia con su estruendo
ensordecedor.
Baldovinos, hoy era una sombra de lo que antes fue. Ayer su
palabra era escuchada. Ahora todos se esconden, para no oír sus plañideros
argumentos y las protestas por sus desgracias. Sin embargo en esta jornada en particular
estaba decidido a que lo escuchen. “Ya van a ver. Ustedes ya van a ver. Ya van
a ver”, gritaba una y otra vez.
Su andar, al comenzar su caminata-manifestación, era
seguro y sus largos pasos lo llevaban velozmente de una esquina a otra de la
desierta ciudad. Pero la botella de vino, que cada tanto sacaba de uno de los
bolsillos del sobretodo, lo detenía y su marcha tras cada pausa fue más lenta.
Cuando la botella pasó de estar llena a casi vacía, sus pasos eran apenas un
movimiento vacilante. El camino recto comenzó a ser errático y cuando al fin en
una parada, comprobó que la botella estaba irremediablemente vacía, la miró con
fijeza, a pesar de que se tambaleaba sin poder estarse quieto.
Fue bajando la botella lentamente desde su boca mientras
su cabeza seguía el trayecto descendente. Ya del todo agachado dejó caer la
botella, que con estrépito se partió en mil astillas. Dio tres pasos, y cada
vez más encorvado apoyó sus manos en el piso, se arrodilló, sus brazos se
doblaron lentamente y cayó de costado y quedó inmóvil, como dormido.
Así murió Baldovinos sólo y abandonado, ya nadie lo
escuchaba. La admiración que alguna vez le tuvieron, se metió en lo oscuro del
tinto vino. Así sin gloria, sin fama, sin dinero, se fue Baldovinos.
Al entierro fueron todos, los que alguna vez se dijeron
amigos de Baldovinos, pero amigos para emborracharse con el dinero del hombre
tan famoso, que ganaba más en una noche de puños, que todos en un año. La juerga, las mujeres y el vino, terminaron con la vida de Baldovinos.
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