jueves, 8 de octubre de 2009

Las tribulaciones de un argentino maltratado

La magia de importar, las delicias de ser, el orgullo de pertenecer. Ser importante y orgulloso habitante y ciudadano argentino podría ser también una manera de sintetizar las expresiones que abren esta nota.
Antes de entrar en tema, conviene sin embargo hacer un exordio más explicativo de cada una de las tres adjetivaciones. Ser: puede tener muchas acepciones, pero en este caso está referido al hecho de ser argentino y con ello un sujeto de derechos, a quien el estado le debe muchas cosas, atendiendo a que es útil para todos, por sus aportes en dinero y en su hacer al engrandecimiento y a una mejor manera de vivir para todos. Es por ello que el bienestar de esa persona debe atendido, haciéndole ver que importa, que cada cosa que hace y cada solicitud que deviene de los derechos que adquiere, sean atendidas con prontitud y sin dilaciones y claro el orgullo es consecuencia directa entonces de ser e importar y pertenecer.
Pues bien al grano. Un viajero decidió hace unos días realizar su gestión de un pasaje por medio de Internet, cuestión que solo requiere estar registrado en la página de la empresa que vende los pasajes y tener una tarjeta de crédito para que se descuente el importe del pasaje, pero a pesar de que la operación fue aceptada, el boleto que habilita el ascenso al medio de transporte no aparecía.
La misma página web, sugería hacer los reclamos por medio de una llamada telefónica, pero el llamado es atendido por una máquina y a pesar de que se ingresó en la opción para ser atendido por una persona, nadie apareció en la línea, ni en el primero, no el el segundo, ni el tercer, ni en el enésimo intento. El dinero descontado, la operación validada pero del boleto ni noticias. ¡Qué maravilla la tecnología!
Hay que viajar esa noche de Buenos Aires a Coronel Suárez, el pasaje está pago, pero este brilla por su ausencia. Hay que encontrar una alternativa. Subirse a un taxi e ir a alguna ventanilla de la empresa boletera, ubicada a más de una hora de viaje desde donde se realizó el trámite. Al menos después de llegar al lugar en un día tan caluroso y húmedo, donde no se soporta ni el abrigo del reloj, el sujeto se encara con alguien de piel y hueso, dispuesto a atender el reclamo.
Una joven muy paciente y comprensiva, una vez de planteada la inquietud se pone en contacto, vía Messenger, es decir utilizando la web con alguien que uno no ve. Después de un rato de diálogo entre ambos miembros de la empresa, el atribulado pasajero recibe por respuesta, que debe comunicarse telefónicamente y hacer el reclamo. ¡Ah bueno!, círculo cerrado a la perfección, teléfono que no contesta, mostrador que atiende y a teléfono que no contesta.
Señorita: la razón por la que estoy haciendo el reclamo ante usted, es porque el teléfono no responde. Por favor resuélvame el problema, que yo tengo que viajar esta noche, el dinero lo cobraron y mi asiento está reservado, pero no tengo boleto.
Arguye plañidero el viajero, a esta altura un desesperado viajero sin boleto.
Nuevos diálogos. Nueva respuesta sugiriendo nuevamente la utilización del teléfono. A esta altura dan ganas de llorar, de convertirse en el Increíble Hulk y romper todo, pero la joven que atiende obviamente no tiene la culpa, entonces se abren y cierran los puños impotentes. Nuevo diálogo cibernético. Nueva respuesta, esta vez señalando que en la página de la empresa hay un link para reclamos.
Evidentemente hay que resignarse. Entonces se envía el dichoso pedido, y se le indica a la señorita para que le diga a su interlocutor que el trámite ha sido formalizado. ¡Muchas gracias señorita ha sido usted muy amable! ¿Qué más se puede decir, antes de emprender la retirada?
Cuestión que media hora más tarde el reclamo fue atendido y apareció el dichoso pasaje, pero para que eso ocurra hubo que al menos perder tres horas, entre viajes, palabras y demás. Dicho de otra forma una tarde perdida por un trámite que debiese durar como mucho diez minutos. De todas formas el pasajero arrepentido de sus malos humores tras la solución del problema le obsequia un chocolate a la atenta joven de la ventanilla. El viaje se concretó en paz y con mucha comodidad. Si usted amigo lector se puede imaginar la tensión y la impotencia que produce esto, no se asuste; hay más.
Ocurre que el viajero en cuestión debe hacerse, ya en Coronel Suárez un chequeo de salud por un cuadro de hipertensión, que el atribulado viajero no sabe a qué se debe. ¿Tendrán que ver algo cosas como la relatada?
El médico de cabecera hace unos días le había indicado un electrocardiograma, una radiografía de torax y un análisis de orina y sangre. Para lo cual hubo de esperar la autorización de la obra social con sede en Bahía Blanca. Varios días después llega la autorización
Los análisis no ofrecen mayores dificultades, ya que el hombre se presentó en un laboratorio donde le dieron un tarrito, para llevar la muestra de la primera de la mañana y listo. Pero las dificultades comienzan de nuevo con el electrocardiograma. El mejor lugar se supone que es le hospital, en la guardia, primer punto donde se pregunta sobre el tema, le envían a la calle Avellaneda, a lo que se llama el edificio de la discapacidad.
Señor aquí tenemos el aparato roto y en la guardia sólo se atienden emergencias.
Tranquila señorita que después que me muera vengo.
Señor no me ataque.
Deme una solución por favor, usted no me puede responder de esa forma.
Puede hacerse el electro en un consultorio particular.
Gracias señorita, pero eso debió decírmelo en primer lugar. Usted me tiene que dar soluciones no presentarme sus problemas.
El chiste de esta solución, a la que debe recurrirse obligadamente, es que hay que sacar una orden para el médico, la que obviamente no es gratuita, no es mucho lo que hay que pagar, pero no es gratuita a pesar de que puntualmente la obra social descuenta el 3% del sueldo.
Tras ello entrada triunfal al Instituto Radiológico. La empleada tras un breve estudio de los papeles informa:
Señor este Instituto no atiende a su obra social.
¿Eh? ¿Qué hago?
Vaya al Hospital.
No tiene un chiste mejor que ese. En el Hospital están de huelga y sólo atienden urgencias
Nosotros no atendemos esa obra social
Salida a la calle, abrir y cerrar los puños y a encararse con el delegado gremial, que para eso está.
Dejame que llamo a Bahía y te cuento.
Horas más tarde:
Te tienen que atender, la obra social dice que está al día con los pagos.
Vuelta el Instituto:
Vengo por lo de hoy. Dice la obra social que está todo en orden y que me tienen que hacer la placa.
No
No
Sí.
Nosotros no podemos hacer nada, esas son las instrucciones que tenemos, por favor espere al gerente que enseguida viene.
Quiero que me atiendan…
A esta altura de los acontecimientos ya no hay cordura, ni pensamientos positivos, ni contención para la bronca. Pero bueno hay que esperar otra vez.
Media hora más tarde llega el gerente y autoriza la toma de la placa.
Queda lo del electro. Le dan un turno para dentro de una semana.
Esto suena increíble pero es real. No le sucedió a dos o tres personas. Le pasó a una. Tal vez los problemas de este índole sean mínimos y las soluciones llegan. Hay cosas que son mucho más difíciles de resolver, pero cabe reflexionar que si estas tonterías necesitan tantos vericuetos para su solución, que pasaría cuando los problemas sean realmente serios.
Hay que acostumbrase, estas son las cosas que pasan en nuestro país.
Es cierto, pero eso no consuela ni conforma. La gente quiere que las cosas cuando son sencillas, lo sean, para complicarse hay muchas otras cosas. ¡Por favor!
Después de todo no es más que: la magia de importar, las delicias de ser, el orgullo de pertenecer.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El “placer” de viajar

El asfalto en el camino es hoy es tan común como puede serlo un ladrillo en una casa, o el pasto en el campo, pero no siempre fue así y no hay que ser muy mayor ni tener un libro de historia en las manos, para enterarse del tema. Más bien el asfalto era algo escaso y lejano, esto si se habla de rutas, ya que las ciudades y pueblos si lo tenían.

A principios de la década del 50 en esta parte del mundo una de las cintas asfaltadas más cercanas estaba en Olavarría. Su comienzo se confundía con el cemento del puente del arroyo Tapalqué y desde allí en adelante, se podía disfrutar de la lisura del camino, aunque tan mala era su construcción que el paso de vehículos provocaba en poco tiempo cuatro gigantescas huellas que actuaban de rieles, a cada lado de los seis metros de asfalto, lo que obligaba a un permanente re pavimentado, de forma tal que ya sea por reparaciones o por las deficiencias apuntadas, no se podía transitar con tranquilidad.

Mucho tampoco importaba ese mal estado, porque los automóviles más veloces llegaban con mucha buena voluntad a tener una velocidad crucero que no excedía demasiado los 60 kilómetros horarios. Daban más velocidad, acaso 100 kilómetros horarios, pero la mecánica no tan desarrollada hacía que estos vehículos fueran muy inestables y sus el caucho de sus ruedas poco fiable, de manera que exceder ciertos límites era muy peligroso, aunque en rigor la velocidad, o el exceso de ella para ser más precisos, siempre es peligrosa.

Pero el tema no es la velocidad, sino más bien lo arcaico y lento que se hacía cualquier viaje, donde por ejemplo un trayecto de 1000 kilómetros debía cubrirse en cuatro días con sus noches de hotel intermedias, hoy esa misma distancia se recorre en una 10 horas.

Desde mi casa y por ferrocarril hay 455 kilómetros, pero que son más porque los caminos no son tan rectos como las vías, entonces ir a Buenos Aires importaba una odisea que abarcaba un día completo, de mucho más de 12 horas.

El viejo Ford modelo 1940 se encendía temprano y el estruendo de un motor de 8 cilindros además de dar sensación de una potencia que no existía, era ruidoso y el calor que de él emanaba era una tortura en verano y nada en invierno, donde el frío era mucho más de lo que se podía esperar, del calor del motor. De forma que ventanillas abiertas y mantas, eran las únicas soluciones para combatir esos dos compañeros de ruta.

Además era necesario tener cualidades de faquir para acomodar los cuerpos sobre incómodos asientos, reducidos por el equipaje que el baúl se negaba a contener, de la mano de escasas dimensiones y suciedad al por mayor.

La cuestión es que todos apretados dentro del habitáculo nos disponíamos a “disfrutar” del viaje, que había que calcular al milímetro, ya que la autonomía de marcha era más bien poca. Había que llenar el tanque de nafta con mucha frecuencia, a veces mucho antes de que fuese necesario porque el siguiente tramo no tenía estaciones de servicio cercanas y cuando no, llevar un bidón lleno por las dudas.

A pesar de salir muy temprano, la hora del almuerzo llegaba pronto, porque nunca dejaba de haber una pinchadura o dos, lo que además provocaba demoras en cada punto de reposte de combustible, para arreglar las ruedas que sucumbían a los clavos ocultos y traicioneramente ubicados debajo del polvo del camino. A veces también las pinchaduras excedían la cantidad de auxilios disponibles, dos por lo general, por lo que había que reparar las pinchaduras. Para ello en el baúl, estaban las barretas de hierro para desarmar las cubiertas y la pequeña fragua y los parches para tapar los agujeros del caucho. Tardar por una pinchadura se tardaba, pero quedarse en la huella jamás.

El polvo del camino también era un compañero de viaje que superaba cualquier intento de pulcritud, de manera que el obligado baño de la noche anterior, se convertía en una cuestión de buena vecindad solamente, porque la tierra se metía por todos lados; en el pelo, las manos, los pies, los labios, los bolsillos, nada, absolutamente nada, quedaba limpio allí dentro.

Cuestión es que la hora del almuerzo coincidía con alguna parada y las opciones eran dos. Llevar la comida y después comer el polvo de los sándwiches de milanesa, o lavarse la cara y las manos, peinarse un poco la tierra del cabello y sentarse a comer en un restorán.

Si se optaba por lo primero, el viaje se reanudaba enseguida, pero si por lo segundo había que hablar de una hora, para comer y otra para la siesta del chofer, mi viejo, que obviamente la necesitaba y mucho.

¿Hasta donde se había llegado en la etapa matutina? Dependía de varios factores. Hora de partida, vicisitudes del camino, pinchaduras, descomposturas de viajeros o motor y el haber acertado el camino correcto, que muchas veces se erraba, ya que señales o flechas eran cosas que casi no existían.

A veces se almorzaba en General La Madrid, otras en Olavarría y las menos, a la vera el Río Salado, un punto siempre señalado como lugar para comer, pero al que se llegaba siempre mucho más tarde, producto de los azares mencionados.

Cuestión es que a pesar de todo, el viaje se realizaba y generalmente las primeras sombras largas coincidían con la llegada a algún punto más poblado del Gran Buenos Aires. Hasta que al final gloriosamente llegábamos a un hotel, donde nos ubicábamos en una o dos habitaciones, dependiendo de la cantidad de miembros de la familia que componían la comitiva.

Todo ha cambiado, las rutas de hoy, muchas veces deficientes, son una maravilla comparadas con aquellas, las velocidades son otras, la reacción de los motores modernos muy superior, el viaje acaso más peligros, por la velocidad, pero mucho menos azaroso que los de entonces.

sábado, 25 de julio de 2009

Una aventura en la nieve a bordo de una camioneta

Quien no aspira por lo menos por un rato a convertirse en un aventurero, en recorrer ignotos y difíciles caminos, con destinos inciertos y azarosos, donde el premio puede ser un tesoro o un rescate peligroso a bordo de un helicóptero sacudido por el viento, con una llegada triunfal, puerto seguro con los brazos en alto, recibido por una multitud que vitorea la valentía y el hecho de haber salido ileso de la prueba.

Pues las aventuras son aventuras y pueden presentarse en cualquier momento y los rescates, son sólo rescates y las multitudes que vitorean y saludan solo están en la imaginación o en las películas. Vale sin embargo esta introducción para graficar algunas de las sensaciones que significó para un pequeño grupo de cuatro personas a bordo una gran camioneta con tracción en las cuatro ruedas, al recorrer un camino de tierra, que lentamente se va transformando, de un camino normal, a uno barroso y después a una huella flaqueada por una enorme cantidad de nieve blanca y tentadora.

La fría tarde del jueves fue el momento propicio para emprender junto a tres agricultores vecinos del camino conocido por G8, que preocupados, por la suerte de el personal que cuida sus explotaciones y de sus animales, que tan desconocedores de la nieva como los vecinos de la provincia de Buenos Aires, quedaron librados a su suerte.

Muchos animales pagaron con sus vidas el tributo a su irracionalidad y al desconocimiento de los peligros que pueden estar escondidos debajo de un metro de nieve apilado contra un alambrado. Los humanos en cambio, también ignorantes del peligro, a fuerza de raciocinio y prudencia en su gran mayoría, sortearon con éxito los peligros, aunque algunos debieron ser rescatados de los mares de blancura, so pena de morir congelados.

El camino al principio es muy fácil, requiere apenas el cuidado de no caer en uno de sus muchos pozos, pero a medida que las sierras se van agrandando el camino es más estrecho, la nieve apenas descubre una huella en el medio y el barro exige poner en marcha la tracción integral del vehículo, que sigue adelante con su ronroneo indiferente y tranquilizador.

Sin embargo pronto el barro se va blanqueando y la sensación es la de navegar por un mar de agua blanca y sin oleaje, mientras que cada camino transversal ofrece un panorama espectacular, ya que el viento les pasa por encima, la nieve no se derrite y apenas los alambrados que asoman por encima, son los que delatan su presencia.

De pronto un tractor remolcando una camioneta, para ponerla de nuevo en la huella, pone a los viajeros en la alerta de que las cosas pueden ser peores. La conversación con rescatados y rescatistas ilustra sobre más nieve y caminos alternativos por dentro de los campos, sin mucha nieve pero blandos y barrosos, un terreno mucho más frecuente, más conocido, pero no por ello menos azaroso.

Sin embargo el comportamiento de la F100, la potencia y el despeje del suelo, decide al conductor a continuar por el medio de la nieve y del camino. Un pequeño martillo con curvas a derecha e izquierda en ángulo cerrado, pone de frente a más nieve, aunque el hecho de que sea obligatorio su tránsito, hizo que hayan dos profundos huellas que lleva a la camioneta como si estuviera sobre rieles.

Camionetas abandonadas a su suerte a la vera del camino hacen pensar que la llegada a destino en Santa Clara, sino imposible, al menos muy dificultosa. Así lo confirma Alfredo Clarke, encargado de un campo cercano que montado en un caballo, que se entierra hasta el garrón, a punto de ingresar por una tranquera, relata las vivencias de su recorrido, que puede ser parte de una obligación o por las ganas de andar en medio de la nieve, algo que se puede hacer sólo muy de vez en cuando en esta zona. De él se deduce que cuanto más cerca de las sierras, más nieve hay.

Al fin ya cerca de la meta, poco antes de la bajada de lo que se conoce como la loma de Gómez, la marcha se detiene definitivamente, ya que un tractor que salió desde Santa Clara llegó al lugar, para encontrarse y tomar las vituallas o asistir a la camioneta en caso de que se decida seguir adelante.

Si bien las ganas de los dos ocupantes más jóvenes de la camioneta, Francisco Fernández y Adrián Facal, choca con la negativa de Miguel Fernández que más reflexivo apunta que es mejor tener una camioneta sana que abandonar una rota.

La sed de aventuras de los más chicos, tiene sin embargo otra oportunidad más, se suben al tractor y bajan la loma, hasta auxiliar a un par de caminantes, propietario de una de las camionetas que parecía abandonada, unos pocos kilómetros más atrás.

Quince minutos más tarde regresa el tractor con los cuatro “intrépidos” y es tiempo de dar marcha atrás, hasta un lugar accesible para poner la proa de la camioneta hacia Coronel Suárez. Varias paradas para intercambiar impresiones con otros andariegos y también de ver en un esquinero a varios terneros muertos debajo de la nieve amontonada por el viento. Son apenas unas alternativas de interés, pero el viaje se hace monótono, la nieva va dejando lugar primero al barro, después a la tierra seca y el asfalto pronto saluda dispuesto a dejar que por su cara transite una camioneta que de pronto, un rato antes, decidió dejar su confortable lisura por caminos que son mucho más complicados.

lunes, 29 de diciembre de 2008

El cigarrillo y el escaparate

Mientras fumaba su enésimo cigarrillo con la vista perdida en la escena que detrás de la ventana le devolvía la calle; una calle tranquila, tan tranquila como su provinciana existencia, hacía un repaso de los últimos meses de su vida. Delante de la ventana los automóviles pasaban despacio. Su mente la transporta a su existencia de hacía sólo unos pocos meses atrás y a los acontecimientos que volcaron definitivamente sus existencia. Recordó que en más de una ocasión en sus solitarias caminatas por la calle se detuvo a mirar el escaparate de una armería. No es que le gustasen las armas, era una mujer como tantas que las detestaba, pero sin embargo la fascinación y las ganas de solucionar definitivamente sus problemas la acercaba inexorablemente, una y otra vez a apreciar esa reluciente pistola negra que por su pequeño tamaño y poder letal la atrapaba. En más de una ocasión estuvo a punto de entrar y llevársela a casa, pero un sentimiento de supervivencia, una pequeña voz la impulsaba a seguir adelante sin ingresar al negocio y un acaso la preservó de una decisión dramática que pese a todo siempre estuvo lejos de concretar. Ese día en particular, recordaba Elena, se sintió más cerca que nunca, el abatimiento era total, ya nada le gustaba, ni el viaje semanal obligado a los alrededores, que tanto le fascina en un principio la motivaba. Pensar que esos rústicos aldeanos que le temían y apreciaban la mantenían en pie. Su sentido de la justicia era lo que más le reconocían, ya que si bien era inflexible a la hora de constatar irregularidades, lo hacia consciente de su obligación y jamás se le ocurrió pedir una prebenda para no ver algo, ni aceptó ofrecimientos de esta ¡índole. Sin embargo Elena no estaba feliz. Se sentía respetada, le fascinaba la posibilidad de comprarse cosas, de tanto en tanto algún hombre entraba en su vida, algo de sexo, algo de cariño pero tan rápidamente como le llegaban, los abandonaba, sin dar muchas explicaciones. Necesitaba más que el respeto de los aldeanos, necesitaba más que esos amoríos fugaces. A veces la despedida del enamorado de turno era por teléfono, en otras no asistía a las citas, un poco porque no le gustaban y otro poco porque el sueño y su inveterada costumbre de impuntualidad se imponían por sobre toda otra consideración. "No soy", había dicho ella en más de una ocasión, "una devoradora de hombres. Tan pronto como que me gusta uno, le empiezo a encontrar defecto y ya me dejan de gustar". De jovencita se vio deslumbrada por Juan, tan joven e inmaduro como ella, pero la relación duró... , duró más de cinco años, "fue maravilloso", se encargó de decir en cuanta ocasión tuvo. Pero todo se desgastó, no vinieron nidos y ese languidecimiento terminó con los pocos vestigios de la pasión con la que iniciaron su vida de pareja. Hasta que llegó ese día, ese día tan crucial en el que estuvo tan cerca de decir basta definitivamente y que sin embargo, continuar caminando la devolvió al mundo que ella creía definitivamente perdido. La nota dentro del sobre que el correo había deslizado bajo su puerta, era muy escueta. "Me expulsaron de mi país. Estoy en el Norte. Tengo trabajo de profesor que me han conseguido mis amigos". "Cariños Andrés". Elena la ley, la releyó, la volvió a leer y al cabo de diez minutos se puso en acción. Se encontró de vuelta en el mundo, de nuevo con ganas de luchar, volvió a ser una mujer ilusionada. Tomó el teléfono, hizo la reserva del pasaje y antes de que el reloj complete dos vueltas, estaba subiendo al avión que la depositaría del otro lado del mar, ante la vista de aquel que conocía a fuerza de escribir cartas y comunicarse por teléfono. Casi ni se hizo tiempo para avisarle que iba. Después de largas horas de vuelo, en las que sintió la necesidad de empujar el gigantesco aparato para que llegue antes a encontrarse con su destino, al fin llegó. La ansiedad en el viaje se vio acentuada por la obligada abstinencia de tabaco a que imponen en los aviones, que no le permitían calmar esos nervios que amenazaban con dejarla sin aliento. Cuando el avión comenzó finalmente a descender su corazón se aceleró hasta límites insospechados, tanto que ni se dio cuenta que sus oídos se bloqueaban por efecto de la descompresión del aparato. Ya en tierra hizo los trámites inmigratorios y aduaneros con impaciencia. Parecían no finalizar nunca. Los funcionarios estaban en el día más lento de su vida, pero por fin pasó la última barrera, apenas si podía caminar con las dos maletas atiborradas de ropa y regalos. De pronto se encontró cara a cara con quien conocía tan bien y sin embargo tan poco. Un beso apurado en la mejilla, fue el gran saludo. Casi hablando al unísono, entendiéndose como una pareja de toda la vida, subieron al auto, fueron al departamento, hablaron y hablaron, hasta la hora de cenar una sencillo plato de arroz, que Andrés preparó con la experiencia de una vida solitaria. La conversación giró en torno a la política, sobre la mujer que Andrés una vez tuvo, sobre la hija Andrea de 15 años que había quedado con la madre, sobre Juan, la relación de la juventud de Elena, sobre la armería, sobre su calle, sobre su casa. Cuando terminaron de comer, sólo quedaron los ojos de uno atrapados por los el otro, casi naturalmente el beso surgió urgente en el pecho de ambos. Sus labios se buscaron se exploraron. El beso se tornó más profundo más exigente, antes que pudieran pensar lo que hacían estaban fuertemente ligados uno con el otro sintiendo sus cuerpos reaccionar ante la urgencia del más primitivo de los deseos. Empezó a sobrar la ropa. La más sublime y profunda sensación de animal se apoderó de ellos y los mantuvo en la cama despiertos y explorando una y otra vez las posibilidades del sexo recién descubierto. Los 20 días de las vacaciones de ella pasaron r pido, mucho más r pido de lo que querían, apenas si se hicieron tiempo para intentar que Elena iniciase su papeles de inmigración, la cama, la comida y el conocerse les consumió todo. De pronto de nuevo el avión, de pronto de nuevo su ciudad, y el automóvil amarillo que intentaba estacionar frente a su ventana, la devolvió al mundo. Apagó el cigarrillo, se levantó, miro a su alrededor, le sonrió, a la luna esperanzada, escribió en su computadora las últimas líneas de la carta que le enviaba a Andrés. "A mi me gusta la vida tranquila" se dijo, "no me gustan las cosas que me sacan de mi rutina. Soy muy previsible".

viernes, 18 de julio de 2008

Carlos Silvio Yiyo Hijano, vuela su pasión por la eternidad

Cuáles serían las ilusiones de Carlos Silvio Yiyo Hijano al llegar a este mundo del cual se acaba de ir volando, tal como lo hizo a lo largo de su vida. Acaso el niño nacido en Pigüé en 1922 haya visto volar un pájaro, o tal vez haya observado una de esas primitivas cajas cuadradas que surcaban el aire y que pomposamente se llamaban aviones, lo que lo llevó a querer imitarlos. Lo cierto es que al salir del Colegio La Salle de Pigüé con su título secundario bajo el brazo, las opciones que se le abrían en cuanto a trabajo eran las por todos conocidas, es decir, un banco, un comercio, o una administración, todas ellas le hubiesen significado atarse a la tierra y encerrase dentro de cuatro paredes y asomar a la ventana para ver el sol esquivo. Pero su primer trabajo fue en el Aero Club Pigüé cuando apenas tenía 15 años, lo que pronto lo impulsó a seguir el curso de piloto y con ello encontró la profesión que marcaría su vida definitivamente. Claro que ser piloto y volar solamente, resultaba poco. Había que ser más y ese más fue hacer en 1945 el curso de instructor de manera de convertirse en formador de pilotos. Mientras hacia ese curso supo lo que era ver de cerca un final anticipado, cuando el avión que tripulaba junto a un colega se precipitó a tierra tras tocar las copas de algunos árboles. Entonces su compañero falleció y él estuvo varios meses recuperándose de sus heridas, de las cuales una de sus piernas siempre se las recordó, pero ello no le impidió llevar adelante su pasión por el vuelo, porque al fin era su manera de elegir libremente su destino. Esa actividad primero lo llevó a Mar del Plata, luego a Corrientes hasta que recaló en Coronel Suárez donde sus alas echarían raíces definitivamente. Su trabajo de instructor de vuelo duró hasta 1958, cuando renunció, pero ya siendo inspector de vuelo, designación que le había llegado poco antes, pero, como ya había iniciado su propia empresa de fumigaciones decidió que lo mejor era dedicarse a ellos con exclusividad, pues a pesar de ser entonces una actividad incipiente, se le abría mucho campo para su desarrollo y no se equivocó en su elección. Al momento de dejar su actividad de instructor habían pasado por sus manos 200 alumnos que se convirtieron a su vez en el testimonio de las bondades de sus métodos y su calidad de persona. Cuando llegó la hora de poner definitivamente los pies sobre la tierra, porque así lo aconsejaba su salud y el inexorable tiempo que obliga a todos a ser más prudentes y sedentarios, llevaba registradas 23.500 horas de vuelo. "En el aire uno siente la libertad”, declaró alguna vez lo que explica ese impresionante número. Con ese sencillo pensamiento explicó cuál era su sentimiento al treparse a la cabina de una aeronave, fijar su atención en la puesta en marcha, chequear que todo esté bien, tomar la punta de la pista y mandar el acelerador para adelante, sostener el timón de profundidad para esperar que el aire, la velocidad y la potencia hagan que al fin el aparato deje la tierra, para recorrer los vericuetos de las nubes y el cielo y darle a él ese sentimiento de libertad, que dijo sentir. Hoy Yiyo Hijano está seguramente probando los motores de aeronaves mucho más sofisticadas y sencillas de manejar, fumigando terrenos etéreos e infinitos, enseñando a alumnos que no tienen el tiempo contado, ni la urgencia de levantar vuelo, simplemente están con la misma libertad que dijo sentir. Hoy sus aviones no tienen la marca Piper, Cessna o Fokker, los que alguna vez piloteó. Tienen la marca y la impronta de ser uno y de ser todos a la vez. Detrás de él quedan sus hijos, sus nietos, su familia, sus alumnos y todos los que alguna vez supieron de su bondad de su paciencia y de su espíritu de buen amigo. Además el vuelo que emprendió tiene ese destino incierto y una llegada no tiene tiempos ni apuros, es un vuelo eterno junto a todos los que alguna vez quiso y sigue queriendo. Por todo ello entonces acaso sea fácil transportarse hasta su corazón de niño y donde sus brazos se convirtieron en alas, sus pasiones en vuelo y donde su libertad fue siempre despegarse del suelo.

lunes, 14 de julio de 2008

Un canal y un esfuerzo para corregir lo incorregible

En mi casa siempre se estuvo corriendo detrás de cosas absurdas o quiméricas, las que invariablemente requerían ingentes esfuerzos y mucho trabajo, con herramientas poco ortodoxas y el esfuerzo de varias personas para concretarlas. Obviamente mi padre era el principal orquestador y trabajador, acompañaba a quienes obedecían sus órdenes trabajando más que ellos y siempre con cara de pocos amigos. En cierta oportunidad a mediados de los años 50 el meandro final, de uno de los dos potreros por donde pasa el arroyo Cañadón de Quinigual, antes de ingresar a la calle se hacía más pronunciado, o tal vez parecía pronunciarse más amagando, según se argumentaba en la mesa familiar, a cruzar la calle por el costado del puente, entonces era un deber impedir que eso ocurra. Una mañana, los dos tractores un Lanz monocilíndrico de 45 caballos de potencia y un Fahr D30L de tres cilindros y 30 hp, una gigantesca pala de buey, un arado de discos y todas las ganas del mundo se pusieron a disposición de la construcción de un canal de unos 50 metros de largo que corregiría la “peligrosa” tendencia del arroyo a desviarse. Una mañana temprano fuimos todos, los miembros de la familia que trabajaban, peones, tractoristas y tuti cuanti. Lo primero fue arar el trayecto del canal, luego la pala de buey para sacar la tierra arada, después otra vez el arado, este implemento se utilizó hasta que el canal se fue estrechando e impidió su paso. Entonces quedó todo para arrastrar la pala, sacar la tierra, colocarla en otro lado, y así toda la mañana, hasta que el final se llegó a la profundidad más o menos deseada, que dicho sea de paso, no era toda la necesaria. El paso final fue bloquear el cauce natural para hacer que el agua corra por el flamante canal y así fue. El arroyo comenzó a correr por donde estaba la idea de hacerlo correr, pero la cosa duraba poco, porque pronto el agua buscando su nivel se empeñaba en destruir el parapeto y volví al cauce milenario y natural. Esta desigual lucha duró hasta que a la naturaleza se le ocurrió la gran solución. Grandes lluvias a inundaciones. Entonces el agua utilizó el canal y el arroyo original, por lo que la idea de que haya un cauce nuevo se derrumbó y quedó entonces un doble brazo, uno artificial y otro natural y ambos siguen prestando sus servicios hasta el día de hoy. Un detalle, sobre el cauce natural había un ensanchamiento bastante importante, lo que hacía que allí hubiera apenas unos pocos centímetros de agua, entonces el lugar se utilizaba para su vadear con vehículos y herramientas. El canal clausuró definitivamente ese vado.

domingo, 13 de julio de 2008

Una profecía “menor”

Estaban todos reunidos en la mesa de la cena, como de costumbre don Gabriel el jefe de la familia monopolizaba las conversaciones manteniendo su autoridad, la que ejercía en todo momento, al punto de convertirse en una forma de autoritarismo, aunque eso no le quitó nunca el amor por los suyos, por su hijo Vito, sus hijas Norma e Yvonne y el menor de todos, Felix que vino a trastocar los planes de la familia nueve años después de la llegada de Yvonne.

La cuestión que esa noche la familia toda estaba ya dando muestras de cansancio y de ganas de ir a dormir a falta de mejores planes, ya que salvo escuchar radio, no existía a principios de los 50 otro entretenimiento electrónico que ese y menos en el medio del campo. Sólo un grupo de baterías entregaban 32 voltios para iluminar la casa y encender la radio y nada más.

Esa noche estaba una amiga de Yvonne, Angela que había llegado hacía unos días de Buenos Aires, para prolongar la amistad surgida en el colegio donde ambas habían sido pupilas en Olivos. También estaba Jorge el novio de la hermana mayor, un romance surgido casi desde la infancia.

La mesa en ese entonces ubicada en el sector norte del comedor y esto se marca, porque alternativamente fue de una punta a otra, según los humores de la familia, ora se la prefería de un lado o de otro de la gigantesca habitación.

En uno de esos silencios Felix, que entonces tenía 5 o 6 años se dedicó a mirar con atención a cada uno de los miembros de la familia sentados a la mesa. Sus ojos se posaron un rato en Lila su madre, otro rato en Gabriel, otro poco en Norma y Jorge, a quien celaba y odiaba ya que le robaba uno de sus tesoros más preciados; su hermana.

Luego miró la cara de Yvonne, y más tarde se regodeó en ir alternativamente hasta las rostros de Vito y Angela, Angela y Vito, así durante varios minutos, hasta que se produjo un instante de silencio. Entonces aprovechó para meter uno de sus bocadillos, ya que pocas veces se le permitía hablar en la mesa sin ser mandado a callar.

- ¿Vito y Angela se podrían casar no?

En esta oportunidad, nadie atinó a decir nada. Angela se sonrojó profundamente. Vito ocultó lo mejor que pudo el impacto de las palabras del menorcito. Jorge, además el gran amigo de Vito se rió, Gabriel cerró los puños sin saber que decir, en tanto que Lila, encontró de pronto la voz y ofreció repeticiones del arroz con leche con canela, el postre predilecto de Felix, que lo exigía en la mesa día por medio. Demanda que sus padres, se habían avenido a complacer.

- Gracias por pensarlo decirlo… Alcanzó a musitar Angela sin que se le vaya el arrebol de sus blancas mejillas y de la timidez de sus 17 años. Lo que Felix no sabía es que hasta ese momento Vito y Angela ni siquiera tenían un diálogo amistoso, más bien cada vez que les tocaba hablar se tiraban con afilados dardos.

Pero vaya a saber que alquimia, que cosa sucedió, o si las palabras del niño hicieron que los protagonistas de la elucubración, comenzasen a verse de otras formas. La cuestión fue que un tiempo después, Angela y Vito comenzaron efectivamente a mirarse de otro modo.

Acaso haya sido Cupido quien puso en el niño su arco y flecha. A lo mejor sin saberlo, ambos iban en camino de enamorarse, la cuestión que la predicción de Felix se convirtió en realidad y pocos años después dos familias muy grandes se unieron para festejar la boda de Angela y Vito que hoy cumple 50 años de vigencia con la misma fuerza de aquel gran primer paso.